De ratones y hombres

Para alguien como yo, cuyo contacto directo con la ciencia quedó años atrás entre las coloridas cajas de cartón de juegos de mesa como «La Escuela de la Ciencia», «El Cuerpo Humano» o «Locos por la Ciencia», escuchar cada cierto tiempo una noticia sobre un nuevo paso de gigante realizado por un equipo científico supone ponerme ojiplática –aunque la Real Academia de la Lengua todavía no haya admitido el vocablo–y esperar escuchar que por fin han descubierto algo para curar una maldita enfermedad. Lo malo es que la emoción se convierte en puro escepticismo una vez leída la noticia y el jarro de agua fría siempre nos cae encima cuando descubrimos que es un ratón y no un hombre el destinatario del esperado milagro. Está muy bien que celebremos y valoremos cualquier avance científico, pero quizá habría que introducir cambios en la política de comunicación de estos logros porque cada vez que se publica noticias similares se está jugando con la esperanza de muchas personas. Llevamos décadas esperando a que todos esos pasos de gigante logren por fin la curación del cáncer, ya que todos estos comunicados vienen acompañados de una referencia directa a la oncología. Debemos ser cautos cuando los avances no han salido de una cubeta o, como mucho, del organismo de un roedor. Deberían explicarlo mejor, a poder ser en cristiano, y con las dosis de realismo necesarias para que cualquier mortal lo entienda. Y dicho esto, y para ser realista, espero que algún día alguien piense en la necesidad de hacerle un monumento al ratón por su contribución a la ciencia. De momento, son ellos los protagonistas.