Del libro y librerías

El mundo de la cultura es anterior al libro. Circuló por escrito antes del papel, en papiros y pergaminos. El libro es, pues, moderno y aún más la librería, la tienda especializada en su venta. Se ha hablado mucho de la crisis del libro en estos días, fruto de la desaparición de alguna librería emblemática. Sin embargo, en los últimos tres años –los más duros de la crisis– las ventas de libros han descendido en su conjunto sólo un 20%. Algunos libreros creen que si logran superar el primer semestre de 2013, si resisten los embates de las «tabletas» o de otros canales, como las grandes compañías internacionales que ofrecen el libro en internet con notables descuentos, comenzarán a ver la salida del túnel. Es una opinión, porque del libro en papel y sus crisis se viene hablando desde hace muchos años, así como de la necesidad de mantener su precio fijo. En cuanto a su edición parece, en cuanto a número de títulos, del todo excesiva. El pasado año se publicaron en España 85.528 títulos. Los editores saben ya que la disminución en las ventas, incluso de autores que alcanzan gran resonancia, resulta inevitable. Las campañas promocionales no pueden reducirse ya a los premios, marchamo indiscutible (y en ocasiones insustituibles) de una cierta difusión. La desaparición de la librería barcelonesa Catalònia, una de las más emblemáticas desató la última lamentación jeremíaca sobre el tema.

Se había instalado en su última ubicación en 1931, fundada siete años antes por Manuel Borràs de Cuadras, Antoni López Llausàs (que fundaría la excepcional Editorial Suramericana en Buenos Aires en 1939) y Josep M. Cruzet, que crearía, en 1946, la editorial Selecta, de las primeras que editaron en catalán en la posguerra. Aquellos libreros tenían alma de editores y fueron pioneros de un mercado del libro impreso que se resiste patas arriba a desaparecer. Su nombre, Catalònia, tuvo que ser sustituido en 1939 por el de Casa del Libro y recuperado en 1976. Supo también convertirse en un centro de difusión de novedades, con presentaciones de libros. Un incendio la había destruido el 22 de abril de 1979, pero, tras ser remodelada, reabrió en 2003. No ha logrado vencer la crisis y como tantos otros comercios de índole diversa ha cerrado sus puertas y en su lugar nacerá otro McDonald's. En una breve declaración a Nuria Azancot, Lola Larrumbe, actual responsable de la librería madrileña Rafael Alberti (fundada en 1975) la define como una «librería de verdad, de fondo, aconsejamos a los clientes cuando nos lo piden, y procuramos ser un lugar abierto y receptivo, un punto de encuentro dinámico entre creadores y lectores». Pero su visión de futuro tampoco es muy optimista: «Nuestra situación es, cuanto menos, precaria. Muchas ciudades han perdido ''su librería de referencia''. También se abren otras, pero todavía tenemos que ver hasta dónde podrán llegar, si se quedarán en servir copas con libros como excusa o están dispuestas a dar la batalla por la cultura». Porque es verdad que la diversificación de la oferta cultural se ha ido desplazando hacia la copichuela y hasta la comida en restaurante anejo. Pero las librerías de grandes ciudades no son siempre las mejores del país. Las podemos descubrir excelentes en localidades más pequeñas o en forma de librerías especializadas, casi minúsculas, que conviven en desafío de las generalistas que, a su vez, deben competir con las grandes superficies, que las superan a menudo en ventas de «best-sellers». La base de todo ello consiste en un antiguo objeto de deseo: el libro, en sus diversas manifestaciones, desde el de lujo al de bolsillo; desde el que busca alcanzar a las mayorías hasta el que conoce que su mercado será tan limitado que no llegará más allá del centenar o dos de ejemplares. Para los editores la disminución de las compras por parte de las bibliotecas públicas constituye otro problema, así como la desaparición de las ayudas paralelas de instituciones que apoyaban la difusión y hasta la existencia del libro. El vendaval de la crisis ha podido con casi todo. Sin embargo, multitud de pequeños editores, con muy escasos medios y una ilusión sin límites, logran sobrevivir vendiendo, mal distribuidos, como pueden. Por fortuna, nuevas tecnologías en cuanto a la forma de impresión han permitido también abaratar costes. Todo ello ha contribuido a su fugacidad. Los libreros apenas si pueden abrir los paquetes de novedades que les remiten los distribuidores. Salvo aquellos que han disfrutado o se espera que disfruten de una aceptación masiva, el resto irá a parar a lugares recónditos o serán vendidos a petición expresa del comprador, al que le ha llegado de algún modo la onda de su existencia. Pocas veces observaremos en los escaparates libros que no hayan sido propiciados por auténticas campañas, en las que no pocas veces intervienen los medios de difusión, aliados, sino parientes de las mismas editoriales. Cuanto rodea el libro –y no sólo lo literario– ha cambiado sustancialmente en los últimos lustros. Incluso el público lector. Uno puede observar ya a gente leyendo un libro en un autobús o en el metro: un auténtico milagro. Se lee más, no sé si mejor. Pero el libro ocupa espacio en el hogar y ha pasado a ser también un objeto de usar y tirar. Se mantienen algunas librerías de lance, pero ya no son equivalentes a aquellas que en otro tiempo permitieron acceder a la lectura a miles de jóvenes que hoy componen la retaguardia que observa todavía el libro con respeto. Nada permite suponer que éste, según lo entendemos desde la era moderna, vaya a desaparecer. La fugacidad del papel no está reñida con algunas instituciones: editores, librerías, bibliotecas; lectores de todo orden y gustos. Pero la crisis de las librerías afecta también de forma muy dura a los EE.UU. y Gran Bretaña.