Política

Desconectarse

La Razón
La RazónLa Razón

El año empieza con ganas de ser utópico. Está bien lo de los buenos deseos que acaban escupiéndose a cámara lenta conforme avanza el año; otra cosa es creer las mentiras o intentar que sean verdad como si viviéramos en un mundo feliz y aburrido. Y si es un mundo feliz, a qué venían tantas revoluciones, tantos populismos, tanto Pablo Iglesias, tronco, con el pijama de los días pares. Francia se descuelga con una ley para no molestar fuera de las horas de oficina. Hay millones por aquí que cantarían «La Marsellesa» con tal de que les llamen. Pongamos para trabajar. Para quedar. Para recordar. Seguro que allí también, pero el francés siempre ha querido hacer la revolución desde el ridículo y por decreto, por eso luego les salen napoleones y lepenes que colocan el buenismo bajo su bota. Cuando ya no tiene remedio. Desde Rousseau, Francia busca el buen salvaje, como yo, sin encontrarlo.

En plano simultáneo piensan en cómo hacer frente desde el mundo laboral a la revolución digital, en la de trabajos que ahora existen y que pasado mañana asignarán a una máquina. Mientras tanto, los parados estarán desconectados en sus casas, pero, eso sí, los que aún conserven su puesto llegarán a casa a las seis de la tarde pensando que serán más felices y que conocerán los años en que al fin sentirán como humanos. Hay tantas series de ciencia ficción que parece casi imposible que el legislador no haya visto alguna de ellas y se haya echado para atrás. Desconecten todos para siempre. Concilien cada día. Que el universo se pare cuando dispongan. Que todos tengamos una renta universal, en fin, como si el Estado del Bienestar no estuviera a punto de irse al carajo. Lo que nos dejará tantas plegarias atendidas de mentirijillas será una atroz melancolía y más ganas de venganza. Desconecten sus móviles como si vivieran en un perpetuo Concierto de Año Nuevo, hasta que la batuta les marque la salida.

Hay maneras más eficaces, más humanas, y sobre todo, más reales, de ordenar el mercado laboral. Y ya puestos, ¿por qué no trabajamos tres veces menos y nos pagan tres veces más? Y ya puestos, ¿por qué diablos tenemos que trabajar si se está mejor siendo finlandés y esperar a que te toque la hora del suicidio? Lo peor, al cabo, es el engaño, hacernos creer que nuestra vida será más fácil cuando sólo en España hay cientos de miles de desempleados de larga duración. Hasta la derecha que nos balancea en la nana de los espejos copia a esta socialdemocracia de barrio sésamo que trata a los ciudadanos como cobayas de experimentos necios. Estos ingenieros sentimentales te hacen creer que todo irá bien hasta la estocada final. Prefiero que me llamen y me digan la verdad. Que a las seis el mundo aún no ha acabado, se ponga como se ponga un ministro.