Política

Doña Cristina cree que ha sido un chivo expiatorio

Cuando la Infanta Cristina se enteró ayer de que continuaba imputada en el caso Nóos, no por blanqueo de capitales sino por doble delito fiscal, se esfumó la esperanza de que terminara para ella el calvario recorrido durante los tres últimos años. Este verano ha sido tan solo una pausa transitoria que terminará cuando se aclare de forma definitiva si tendrá que sentarse o no en el banquillo de los acusados cuando se celebre el juicio.

Ha sido una interminable travesía del desierto en la que el camino ha estado plagado de espinas, lleno de desencuentros con su propia familia, en los que Doña Cristina ha visto a sus hijos sufrir por lo que ocurría dentro de casa pero también por el asedio al que se les sometió a las puertas de su propio domicilio. Un tiempo en el que emprendieron viajes un tanto erráticos en busca de una tranquilidad imposible de encontrar porque la investigación judicial, en su avance inexorable, no sólo no exoneraba de culpa la actuación fraudulenta de Iñaki Urdangarín sino que las sospechas de irregularidades económicas, financieras y fiscales iban aumentando irremediablemente.

Primero, fue el traslado a Washington, en un intento desesperado de quitar de la escena pública al duque de Palma e intentar alejarlo de tentaciones varias y amistades peligrosas. Intento vano porque el fiscal Pedro Horrach y el magistrado José Castro siguieron adelante con su exhaustiva investigación de todas las posibles irregularidades cometidas por los dos socios del Instituto Nóos. El fin del contrato de Iñaki Urdangarín con Telefónica actuó de detonante del regreso del matrimonio y sus cuatro hijos a Barcelona, un error táctico que lo único que consiguió fue aumentar la presión mediática sobre los duques de Palma y, consecuentemente, sobre sus cuatro hijos. La Infanta tuvo que soportar el acoso de decenas de informadores apostados a las puertas de su casa de Pedralbes, presentes también en el acceso a la Fundación La Caixa cada día. Iñaki, sin trabajo, trataba de practicar deporte en el Club de Tenis de Barcelona, un centro de élite frecuentado por la alta burguesía de la Ciudad Condal cuyos socios no dejaron pasar la ocasión de hacerle evidente el vacío junto con su desprecio y su condena. Y los cuatro hijos, Juan, Pablo, Miguel e Irene, eran objeto de burlas, risas y preguntas impertinentes en las aulas del exclusivo Liceo Francés de la capital catalana, en donde se educa la flor y nata de las familias bien de Barcelona. Todo un panorama hostil y agobiante para una familia marcada.

A la desesperada, los Urdangarín Borbón se mudaron a Ginebra en un intento más de poner tierra por medio y de liberar a los chicos del ambiente asfixiante que sufrían en la capital catalana. Un objetivo conseguido sólo en parte ya que algunos de los medios que les tenían cercados se trasladaron a la ciudad helvética para continuar la vigilancia sobre la familia. Y además, la instrucción sumarial seguía avanzando y el cerco judicial se centró en la última parte sobre la Infanta Cristina, quien tras ser imputada por segunda vez por el juez Castro, optó por acudir a declarar a la Audiencia de la capital balear.

Durante estos tres últimos años, como agravante de ese peculiar vía crucis por el que ha discurrido la vida de la hija de Don Juan Carlos y Doña Sofía, el profundo desgarro que se había producido en el seno de la Familia Real se fue agrandando de una forma insoportable y evidenció las diferencias de posición mantenidas por los distintos miembros de esa familia. Por una parte, la de la Reina Sofía, firme en el apoyo a su hija y a sus nietos hasta el punto de ir a verlos a Washington y fotografiarse con el clan Urdangarín Borbón al completo. Una decisión muy criticada al interpretarse como un gesto de apoyo al duque de Palma. Por otra, la del Rey Juan Carlos, quien a pesar de reprochar a su hija la conducta de su marido, no fue capaz de que la Infanta manifestara algún tipo de desacuerdo con Iñaki ni que renunciara a sus derechos dinásticos como forma de reconocer sus errores. Todo eso, en la peor racha de salud de su vida. Y la más acertada, la de los Príncipes Felipe y Leticia, que se rodearon de un cordón alrededor de ellos para mantener una distancia con su hermana y su cuñado. Una medida muy dolorosa de tomar para Don Felipe, cuya relación con su hermana había sido siempre muy estrecha.

Doña Cristina, según fuentes próximas a ella, cree que ha sido tratada de forma injusta y que ha hecho de chivo expiatorio de toda su familia. Pero lo cierto es que si la Infanta y su marido hubieran manifestado arrepentimiento alguna vez y hubieran reconocido alguno de sus errores, las cosas no hubieran ido tan mal para ellos. Sin duda, la contumacia de su conducta ha sido letal. Ahora, no hay más remedio que asumir las consecuencias.