¿Dónde firmamos?

Tiene toda la lógica del mundo. Estamos de acuerdo. No hay ni que pensarlo. Pero, ¡ojo!, aquí el problema no es que la sentencia del «Faisán» sea injusta por exceso, sino por defecto. ¡Muy por defecto! De un lado, porque, en relación a los culpables, son todos los que están pero no están todos los que son. De otro, porque las penas establecidas en su día fueron pírricas. Así que, fantástico. Si se volviese atrás, si se repitiese el juicio sólo podría conseguirse algo más que saludable para el interés general y el avance del más básico sentido de la justicia. Esto es: que en las redes cayesen los responsables de aquella traidora actuación. Todos. O sea, los que lo planificaron y alentaron y consideraron que echar un cable a una banda de asesinos resultaba rentable desde todos los puntos de vista para apaciguar a unos verdugos que se le habían subido a las barbas a Zapatero y Rubalcaba. Porque el uno y el otro lo habían provocado y porque a ninguno parecía molestarle en demasía (¡qué bochorno!).

Así que el recurso, quede o no en nada, no es la mejor noticia para quienes sin duda tienen la conciencia sucia después de haberse burlado de una nación entera ayudando a sus enemigos y haber eludido la acción de los tribunales Dios sabe por qué. Habían contenido el aliento durante años, habían respirado definitivamente pero ahora probablemente teman que la última palabra no esté dicha.

La conclusión de este episodio negro para la historia de nuestra joven democracia es demoledora. Estaríamos, también en estas novedosas postrimerías que anuncia LA RAZÓN, ante la charlotada, la astracanada, el disparate. Si no fuese, naturalmente, porque el paisaje de fondo de este proceso es el de un millar de compatriotas en el cementerio y el de miles de heridos y mutilados. Y ahí no hay recursos que valgan.