El capitán concordia

La Razón
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En ese ejercicio, estético pero estéril, de buscarle a Pedro Sánchez algún «mellizo» que ayude a entender la peripecia del personaje, los hay que citan a Chamberlain, al que Churchill espetó premonitorio aquello de «entre la guerra y el deshonor, habéis elegido el deshonor, y tendréis la guerra». Los hay que traen a colación a Kerenski, quien tras intervenir en la abdicación del Zar y por temor a un golpe derechista, repartió armas entre los soviets de San Pertersburgo, pavimentando el camino para que Lenin y los bolcheviques tomaran el poder.

Se me ocurre otro «gemelo» de Sánchez mucho más pedestre: Francesco Schettino. Es el capitán que en 2012, en su afán de que una novieta contemplara de cerca la orilla, acercó tanto el Costa Concordia que chocó contra las rocas y naufragó. Ocurrido el desastre y ajeno a la suerte de los pasajeros, salió huyendo con la maciza. Que el PSOE ha sido uno de los artífices del periodo de mayor libertad, prosperidad y justicia social de nuestra historia y debe seguir siendo una referencia sólida en el sistema político español, parece innegable. Pero la realidad, por mucho que suden los Carmona, Corcuera o Rodríguez Ibarra, es que se abraza desde hace meses a los resentidos que desprecian la Constitución de 1978, propugnan el desmembramiento y anhelan la ruina de la socialdemocracia.

Sánchez repite con voz engolada que ha trazado una «línea roja», pero tras tanto apaño municipal y autonómico con partidos secesionistas y xenófobos antiespañoles, tras permitir tantas veces el insulto a nuestra bandera y la jibarización de nuestra lengua, su defensa de la unidad territorial se antoja más falsa que un euro de madera. Con la ambición que le corroe y tras malgastar tanta energía en difundir la caricatura de que el PP es un partido diabólico empeñado en arrasar el Estado del Bienestar, tiene complicado vender a la militancia socialista la moto de la «Gran Coalición».

Pero entre eso y entregarse a Podemos con el pantalón doblado y en el brazo, hay opciones. El drama, como le pasó a Schettino, es que no hay un segundo o un simple contramaestre a bordo, capaz de plantarse, mirarle a los ojos y dar un golpe de timón.

Al capitán italiano, por los 32 muertos y la hecatombe, le cayeron 16 años de cárcel. A Sánchez, por hundir el PSOE y jorobar a España, no le pasará nada. Puede que hasta pase una temporada feliz como una perdiz en La Moncloa. Tenemos precedentes.