El «día del consumidor maltratado»

La Razón
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Si en los 365 días del año queda hueco para el «Día del Consumidor Maltratado», pido que se instituya ya. De sobra sé que de nada servirá, pero al menos quedaría constancia de que el consumidor de distintos servicios se ve maltratado todos los días en España, Andalucía y Sevilla, que es donde me pasó ayer. Sé que lo que voy a contar no tiene gravedad y que saldrá alguien que diga aquello de «a ti me gustaría verte en Siria, ahí sí que conculcan todos los derechos», pero es que vivo en un país donde, gracias a Dios, al menos hasta hoy, tienes garantizadas unas indispensables coberturas para que la vida tenga dignidad. Además, como he dicho muchas veces, el tan denostado egoísmo es algo que va tan unido al ser humano como las aceitunas al olivo. Un arañazo, mi arañazo, incide más en mi vida que un drama fuera de mi casa. Un atentado en París con dos muertos copa las primeras planas en el mundo y cincuenta muertos en Afganistán suponen un recuadro en páginas interiores. Ayer me desperté temprano, a las 9 de la mañana estaba en el gimnasio, treinta minutos de cinta a paso rápido, más veinte minutos más para un recorrido por los distintos aparatos de pesas; eso sí, pocos kilos y todo ajustado a lo que ordena mi cardiólogo. Había quedado a desayunar con un amigo en la confitería La Campana –querido alcalde, déjele unas mesas a este establecimiento, se echan de menos después de tantos años– y había dejado el coche en Puerta Jerez. Decidí bajar andando; siempre es un agradable paseo y más si lo enriqueces con visitas a las distintas iglesias que te salen al paso. Después del magnífico desayuno, decidí volver en taxi a Onda Cero. Al margen del cansancio, tenía urgencia: Plaza del Duque, sin taxis y cola de espera; decido marchar al hotel Colón y... parada vacía;, hotel plaza de Armas, idem; termino la ruta en el hotel Becquer sin encontrar mi ansiado taxi, así que a paso rápido hasta el trabajo. Las huelgas tienen que ser legales, con avisos y a ser posible con carteles informativos en las paradas. De otro modo, el cliente que mantiene su trabajo o su inversión pasa a engrosar la larga lista de consumidores maltratados.