El «Don Juan» menos canalla

Se cumplen esta semana los ciento veinte años de la muerte de Zorrilla en Ma-drid. A pesar de la importancia del aniversario, no es previsible que la efemérides vaya a ser recordada como se merece. Cuando yo era niño –hace unos minutos en términos históricos–, hasta la gente más humilde se sabía algunos versos del Tenorio y no era para menos porque la obra en cuestión se representaba en los escenarios todos los años y las versiones de «Estudio 1» con Carlos Larrañaga, Juan Diego o Francisco Rabal fueron antológicas. Sé que está de moda criticar el «Don Juan», pero cada vez que he vuelto a leerlo o asistir a la representación –la última vez en el Teatro Prosperidad hace un par de años–, me ha parecido mejor.

Un texto con éxito

Zorrilla no fue original al abordar el tema, ya que el Don Juan es uno de los mitos españoles como Don Quijote, la Celestina o el Lazarillo de Tormes. Tirso de Molina lo había predestinado a una más que merecida condenación eterna después de haberse pasado la vida engañando criminalmente a las mujeres y burlándose sanguinariamente de los hombres.

Su texto excelente fue plagiado por Molière, por Pushkin –que hasta tituló su drama «Convidado de piedra»– y por Mozart, pero Zorrilla introdujo un nuevo elemento propio de un romanticismo coloreado de cristianismo: la redención por amor. Por las venas del «Don Juan» de Zorrilla corre una sangre más caballeresca y menos canalla, más audaz y menos sórdida, más dispuesta al arrepentimiento y menos encallecida. Para colmo, si se arrepiente es gracias al poder ejemplar de la virtud.

El mito transmutado conserva su carácter ejemplar y lo sublima con la salvación del que busca a Dios en el último momento como el ladrón crucificado al lado de Jesucristo. Yo prefiero esa formulación a la de Tirso de Molina y los que lo copiaron. Quizá no sea muy realista, pero, en ocasiones, el romanticismo me puede.