El error de Roosevelt

La Vigésimosegunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos fue aprobada en 1947. Es la que prohíbe expresamente presentarse a un tercer mandato presidencial.

George Washington y Thomas Jefferson siempre consideraron una convención que los dos mandatos daban salud a un sistema democrático. Una opinión mayoritaria hasta que Franklin D. Roosevelt se presentó y fue elegido para un tercer mandato. Sus partidarios aludieron a la guerra en Europa como la razón para romper con el precedente. Sin embargo, tres años después de la última elección de Roosevelt, se reformó la Constitución para que eso no volviese a ocurrir.

A mediados del siglo XX la democracia norteamericana contaba con más de 150 años de historia y seguía perfeccionándose. En 1996 la democracia española no contaba ni con medio siglo de historia, pero había determinadas convenciones que parecían aceptadas por todos. Era año de elecciones y, pese a los sondeos que arrojaban diferencias en escaños de más de 14 puntos a favor del PP, éste sólo pudo aventajar al PSOE por menos de 300.000 votos y un 1,16%.

Eran otros tiempos y el líder socialista no lo calificó de resultado histórico por haber vencido a los sondeos, ni se le pasó por la cabeza intentar la investidura, a pesar de que los números permitían esa posibilidad con el apoyo de nacionalistas y otras fuerzas. Fue la primera vez que se puso de manifiesto una regla no explícita de nuestra manera de entender el funcionamiento democrático, pero que subyacía en el imaginario colectivo de todos los líderes políticos: debe gobernar España el partido más votado.

Volvió a existir algún conato de duda en 2004, cuando muchos sondeos anticipaban la posibilidad de que el PSOE tuviera la oportunidad de gobernar con pactos aun venciendo el PP. El presidente Zapatero, entonces candidato, se comprometió públicamente a no gobernar sin una mayoría. Además, concretó su intención de no formar gobierno «incluso en el caso de que el PP sea el partido más votado y no pueda (el PP) formar Gobierno, porque en ese momento la responsabilidad es del señor Rajoy».

Era una de esas reglas no escritas en los sistemas democráticos que, cuando se rompen, ocasionan crisis institucionales. En nuestro sistema, el Parlamento elige al presidente y cualquier combinación es posible, pero la democracia no debe interpretarse según los intereses de la coyuntura.

Cuando los norteamericanos enmendaron su Constitución fue consecuencia de que se había forzado la regla no escrita. Una visión democrática de la historia de EE UU más amplia y generosa no hubiese justificado el mantenimiento en la presidencia del Sr. Roosevelt.

El último movimiento de esta partida de mal ajedrez tiene las elecciones vascas como protagonistas. Los cálculos pasan por esperar el resultado electoral del 25-S. El PNV se presupone como virtual vencedor, pero sin mayoría absoluta. Una alianza con el PP en Euskadi podría dejar al Sr. Rajoy a menos de un peldaño de La Moncloa. Sin embargo, un previsible ascenso de Podemos y Bildu, en el que sumasen más apoyos que el PNV, dejará a éste en una situación enormemente delicada e intentará virar hacia un PSOE que aunque maltrecho electoralmente, sería su llave de gobierno en el País Vasco, con consecuencias en la Carrera de San Jerónimo.

Que el Sr. Pablo Iglesias apueste por un gobierno con independentistas y multicolor, asumiendo que su papel en la política española lleva camino de residual, entra dentro de lo predecible. Y que el Sr. Rajoy goza de una situación electoral inmerecida es una evidencia. Nunca un presidente del Gobierno hizo menos para merecerlo. Pero los errores de los demás no se deben convertir en los errores de los socialistas. El Sr. Pedro Sánchez no puede intentarlo si fracasa el Sr. Rajoy, y si hay nuevas elecciones no puede ser ni el candidato ni el secretario general del PSOE.