El español fallido

La Razón
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Después de veinte años, mi amigo Marc ha vuelto a España. Lo conocí en Jerez, cuando este menda cumplía su Servicio Militar en Camposoto, Real Isla de León, San Fernando. Marc, en la estética, es el prototipo del inglés de pura raza. Le sientan como anillo al dedo el uniforme de marino, la casaca roja de las cacerías de zorros, la chaqueta de «tweed» y los pantalones de pana de los granjeros y la chistera gris de las carreras de Ascott. No es nada inglés en su capacidad asombrosa de aprender idiomas. De Jerez se despidió hablando un perfecto español con deje jerezano, y domina el francés, el alemán y el pequinés, que es el chino útil. Chapurrea el ruso.

Después de la «Mili» nos seguimos viendo en Madrid y Londres. Nos hicimos amigos cuando supo que yo era tan «wodehousiano» como él. Tenía un grupo de colegas en Londres que se reunían todos los viernes para analizar y compartir la sonrisa leyendo tramos de la «Biblia», que para ellos son las novelas de Wooster, Jeeves y Lord Emsworth de P.G. Wodehouse. Se enamoró de España como un cadete de Sandhurst lo hace de su primera novia.

Su buen dinero le permitió dedicar un año a visitar las joyas del románico de la Alta Castilla. Su ancestral necesidad de mar, la calmó en España con el Atlántico –El Puerto de Santa María–, y el Cantábrico. Recelaba del Mediterráneo a pesar de su inconmensurable cultura. Y por mayo era.

Por mayo era, un año de Feria de Sevilla tardía, cuando me recogió en El Puerto para ir a Sevilla a los toros. Tenía un «Morgan» verde, y por la antigua carretera llegamos a Sevilla donde nos había citado el rejoneador Fermín Bohórquez Escribano en el bar del «Alfonso XIII» para darnos unas entradas de gorra.

Al entrar a Sevilla por La Palmera, con las buganvillas estalladas de morados diferentes, los jacarandas azules, las lantanas amarillas y aún con golpes de azahar en el aire, Marc detuvo el coche, y con una seguridad absoluta en su decisión me lo dijo. «Voy a nacionalizarme español. Esto es demasiado para un inglés que ha crecido entre nubes».

No lo hizo, pero siempre estuvo a punto de dar el paso. El fallecimiento de su padre le obligó a hacerse cargo de las empresas familiares. Pero si tenía dos días libres de compromisos, volaba a España «para respirar». Se casó y dejó de «respirar» durante veinte años, hasta hoy. Según me ha contado, hablaba tanto de España a su mujer, que a ella le crecieron unos celos envenenados hacia el paraíso que le describía Marc. Los celos por el agua pasada son absurdos, pero pueden ser virulentos. Marc tenía un éxito arrollador con las mujeres y dejó muchas averías anímicas durante su estancia española. «El problema de las mujeres en España, y sobre todo en Andalucía, es que te acuestas con ella una noche y al día siguiente está planeando la boda». Eran otros tiempos.

Después de tres días en Madrid, y antes de volver a Londres –se divorció de la celosa–, me confesó que ya no desea hacerse español. «¿Dónde estaba escondida esa gente tan espesa y enfadada que ha votado a un partido de rencor tan antiguo?». «¿Cómo es posible que el separatismo en Cataluña no haya tenido respuesta del Gobierno?». Le he hablado de la corrupción. «No, ese resentimiento no viene de la corrupción. Estaba callado y su origen es la Guerra Civil. En Inglaterra ese odio es imposible. Y en Francia. Y en todos los países que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Lo hicieron contra otras naciones. Vosotros tuvisteis una Guerra Civil, y los que perdieron, los nietos de los derrotados, no lo han asimilado todavía. Parecía que sí, pero no. Siempre llevaré a España en mi alma y mis mejores recuerdos, pero ahí te la dejo, Alfonso, para tu desgracia».

Y he tenido que darle la razón al español fallido.