El éxito del fracaso

Se equivocan los que suponen que el traspiés socialista es celebrado en el Partido Popular. El PSOE pierde amigos eventuales, se le multiplican excrecencias por su izquierda y sólo va a encontrar adversarios leales en el PP, ya que el paisaje institucional, económico y territorial exige la existencia de otro partido de gobierno libre de aventurerismos y frivolidades. Como escribe el socialista Joaquín Leguina, la dialéctica amigo-enemigo conduce al sectarismo, y esa enfermedad de la militancia ha lastrado a Elena Valenciano. Rubalcaba se ha mantenido casi en un tercer plano y todo el éxito del fracaso es achacable a la doña. Tiene experiencia: en las últimas generales fue la jefa de campaña de Rubalcaba, a quien comenzó presentando como un menestral con utilitario luchando contra un parquímetro. El resultado fue la pérdida de 59 escaños y el peor resultado en la memoria del partido. En estas elecciones debutó en Sevilla proponiendo hacer de Europa una gran Andalucía, criptoidea que no entendieron ni los andaluces. Y, antes que apareciera Arias Cañete, plantó el feminismo como rodrigón de su campaña, polemizando un aborto que no es competencia europea, y asegurando que serán las mujeres quienes derroten a Rajoy, aunque el presidente no se está presentando a nada. Un lapsus de Cañete, que nunca ha golpeado ni a su perro (contra un jerarca socialista que le abrió la cabeza ni su mujer ante el silencio del feminismo de cuota), dio pie a la exitosa Valenciano para un espeso antimachismo de fregona que no suscribirían de Margaret Mead a Simone de Beavoir. El PP se equivocó dando importancia a un resbalón, pero Valenciano destruyó la campaña, y en su perjuicio agitó el muñeco de una derecha de coco de guardería. Queda Rubalcaba, porque los aspirantes a lo suyo son los que celebran el fracaso. Cabe que la falta de revanchismo sume al PSOE a las candidaturas españolas en Europa. Ése sería el éxito del fracaso.