El extraño matrimonio

Se han erigido en indiscutibles redentores, han sido encumbrados, piropeados, cooptados. Los que hace cuatro días eran una banda de fracasados, unos cenizos y unos simples comparsas de las élites de PP y PSOE son ahora mandados a una tarea de colosales dimensiones: la victoria decisiva en la segunda vuelta electoral.

En efecto, son los camaradas de Izquierda Unida. A los que Pablo Iglesias, frunciendo el ceño, descalificaba y ninguneaba porque estaban lejos de la frescura y la audacia que representaban los purpurados neocomunistas; los que habían sido incapaces durante 25 años de hacer algo útil para el proletariado; aquellos cuyo sitio estaba ya en la cuneta de la Historia. ¡Y ahora son imprescindibles para la Santa Alianza de la extrema izquierda!

Seguramente, tanta agresión verbal en tiempo tan concentrado y reciente –con la vitola del populismo marxista– explica que la propuesta de matrimonio a Alberto Garzón (que está revelando una inusitada capacidad para el perdón) esté encontrando alguna resistencia del otrora burlado cabecilla, alguna.

Pero más allá de la disputa en la configuración de listas (una forma más de lucha encarnizada y apriorística por el poder), el empeño de los podemitas por apostar a vida o muerte por la vía de la fusión descubre su verdadera cara. La de unos dirigentes dispuestos a vender a sus respectivas madres para fulminar a Rajoy, la del cinismo y el tacticismo, la de la incongruencia y la realpolitik bolivariana, la de los principios de quita y pon.

El tildado con muy mala uva de pitufo gruñón debería calibrar (al menos durante 19 días y 500 noches) los endemoniados riesgos que derivan de vender su marca y sus votos a los taimados comisarios de la amenazante delegación ibérica de Maduro.