El marxista psicópata

La Razón
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Cuando se publicó el tuit del mofeta Guillermo Zapata en el que se reía de tres niñas asesinadas y de Irene Villa, mutilada por una bomba del terrorismo etarra, tuit que el juez Pedraz, con su peculiar benevolencia con la mugre estalinista, calificó de «humor negro», Irene me decepcionó. Quiero y admiro a Irene Villa, y he seguido de cerca su dolor y su angustia, sus operaciones en España y Suecia, su coraje para sonreír cuando le martirizaban las heridas y su capacidad para el perdón. Pero el perdón es individual, e Irene Villa es más que una mujer destrozada por los terroristas. Irene representa a millones de españoles que compartieron su estupor, su vía dolorosa, su coraje, y su triunfo. Y muchos no compartieron su perdón a Zapata, que le había vejado y humillado, que se había reído de su tragedia y merecía una respuesta más firme y contundente. Creo que la inhibición de Irene Villa ayudó al juez Pedraz a disfrazar un delito de odio y vejación a una víctima del terrorismo en un mal definido «humor negro».

Mariló Montero ha sido humillada por quien se reconoce «marxista convertido en psicópata», lo cual es de agradecer. Y ha denunciado a su maltratador verbal ante el Instituto de la Mujer, cuando en correspondencia con la gravedad de las palabras del maltratador, tendría que haber acudido al Juzgado de Guardia. El maltratador es Pablo Iglesias, que se permitió el desahogo de desear «azotar hasta que sangre» a la presentadora navarra, de Estella, para situarnos mejor. Después del deseo de azotar a Mariló hasta la sangre, silenciado por las feminazis y las golfas que viven del feminismo oficial, Iglesias se reconocía «marxista convertido en psicópata». Un marxista puede evolucionar y dejar de serlo. El psicópata sólo puede moderar su cuadro psiquiátrico mediante la oportuna medicación.

Mariló, que a tiempo está de empapelar a Iglesias en el ámbito correcto, se ha puesto en contacto con psiquiatras amigos con el fin de hallar el modelo de psicopatía de su maltratador y agresor verbal. Y entre unos y otros han acordado que la autorreconocida psicopatía de Iglesias es perfectamente clasificable. El psicópata, como bien resume Elena Barrios en nuestras páginas, padece de una anomalía psíquica, por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, tiene patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece. Y los psiquiatras consultados por Mariló Montero han encajado al maltratador en el tipo secundario de «psicópata carismático», es decir, y para que nadie se escandalice ni aproveche que el Pisuerga pasa por Valladolid, que es aprovechamiento de común hábito y costumbre, es todo aquel psicópata que destaca, entre otras características, por su falta de empatía, su dominio de la mentira y la falsedad, su habilidad para manipular a los demás, su egocentrismo y su incapacidad de sentir remordimientos o culpa. Un acertado acercamiento a la complicada personalidad del maltratador de Mariló Montero.

Como prueba, sus últimas declaraciones. La estafa laboral con la Seguridad Social protagonizada por su amigo del alma, Pablo Echenique, ha sido calificada por el maltratador verbal de Mariló Montero como «un ejercicio de ejemplo moral». Un ejemplo moral que se agiganta cuando nos enteramos de que Errejón, Bescansa –con anterioridad a su maternidad y exposición de mamancias–, Ongil y Padilla, todos ellos dirigentes de Podemos, facturaron a su partido como «autónomos» miles de euros. Y quizá, que todo es posible, capaz es de calificar en los próximos días de «víctima del sistema» a Juan Carlos Monedero, que ha sido suspendido y apartado de la Universidad Complutense durante seis meses por incurrir en evidentes anomalías económicas. El psicópata carismático es también aquel que voltea la realidad con un cinismo inconmensurable, sabiendo que hay decenas de miles de ignaros que se tragan todo lo que dice.

Mariló Montero, que por fortuna goza de envidiable salud y belleza, haría bien en llevar sus denuncias a los despachos procedentes, y esperar sendas y acontecimientos. Lo peor que puede sucederle es que el caso caiga en manos del juez Pedraz y su particular sentido del humor negro. Pero hay que jugársela si se quiere ganar. Y las feministas oficiales, y las chicas de Podemos, todas ellas calladitas.