El modelo Prim

En el año 1976 vio la luz mi libro «Adónde vas España», título que me ofreció el entonces muy joven editor José Manuel Lara Bosch, ahora presidente del Grupo Planeta. Una obra que se entreveró con todo el proceso de la transición democrática, en la idea de ir al proceso constituyente de un nuevo sistema político de convivencia. Ahora, por razones casi obvias, casi 40 años después, he dedicado un cierto tiempo, con entusiasmo comparable al de 1976, a un nuevo trabajo: «¿Adónde vas, Cataluña? Cómo salir del laberinto independentista», en cuyas páginas planteo lo que podría ser una senda de conocimiento más profundo de nuestros compatriotas catalanes –a través de su historia política, cultural, demográfica, etc.– para a la postre incluir un análisis sobre el catalanismo y el secesionismo actuales; y terminar con una serie de razones y medidas, de cara a solucionar un conflicto que se ha hipertrofiado, y que, a pesar de todos los pesares, tiene una solución no tan difícil si media la buena voluntad que, ciertamente, algunos –bastantes– no quieren ofrecer.

De este libro, que aparecerá pronto, editado también por el Grupo Planeta, extraje y reelaboré hace unos días el pasaje que ahora se recoge en este artículo: «El Modelo Prim». Coincidiendo su formulación con el bicentenario del grande, inteligente y patriótico general, nacido en Reus en 1814 y muerto en Madrid en 1870; ya se sabe: tras un atentado cuyos autores concretos son todavía objeto de controversia. Aunque, desde luego, ya entonces tenían una cosa clara: el «Modelo Prim», recién diseñado y empezando a operar, no les gustaba ni poco ni mucho, y precisamente para que no funcionara, decidieron la muerte miserable del personaje político seguramente más importante e interesante de todo el siglo XIX en España.

Lo que ahora presentamos aquí, aparte de un cierto sentido histórico, supone, sobre todo, una perspectiva de futuro. Para empezar, yo diría que Prim fue un gran luchador contra la tiranía, en cualquiera de sus manifestaciones, lo que justamente originó sus enfrentamientos: primero con el general Espartero, que en 1843, como regente en la minoría de edad de Isabel II, iba camino de convertirse en un dictador. Y después, en no menos difíciles episodios se enfrentó a los generales O´Donnell y Narváez, que formaron un dúo de autoritarismo militar que acabó con las esperanzas que Prim había puesto en Isabel II como verdadera reina constitucional. Lo que a la postre llevó al gran soldado y patriota a encabezar la revolución, «La Gloriosa» (España con honra), de septiembre de 1868.

Lo que siguió, aparte de otras facetas y episodios de la vida de Prim –Puerto Rico, México, guerra de África, guerra de Crimea, entrevistas con el sultán de Turquía y el presidente Lincoln, presiones de y réplicas a Bismarck y Napoleón III, etc.–, llevó a su culminación como revolucionario y estadista, al frente del gobierno provisional, y luego ya formalmente como presidente del Consejo de Ministros. Desde donde promovió la Constitución de 1869, la más democrática de España hasta entonces, con la proclamación de la pertenencia de la soberanía nacional al pueblo español, el sufragio universal (de varones) y el respeto a los derechos políticos y humanos de la ciudadanía. Y en esa Constitución planteó también, frente a los inmaduros proyectos republicanos y federalistas –que no le inspiraban mayor confianza–, la monarquía constitucional: siempre bajo la supervisión de los poderes emanados del pueblo en términos de Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Prim representó además la superación, personalmente y como expresión de una nueva mentalidad, del largo conflicto de falta de entendimiento entre Cataluña y el resto de España. Y si bien en ciertas ocasiones –sus célebres discursos de 1843 y 1851– defendió los intereses de Cataluña, lo hizo por el trato que se le inflingía desde el centralismo. Pensando siempre en una integración plena de su patria de nacimiento con la nación española; por la que expuso valientemente su vida en una sucesión de batallas, hasta el mismo 27 de diciembre de 1870, cuando fue brutalmente abatido en Madrid por los sicarios de las fuerzas más oscuras y retrógradas.

Y además, el gran general supo cómo plantear la modernización de la economía española, con la internacionalización de nuestro signo monetario, al crearse la peseta, un proyecto que manejó su paisano Laureano Figuerola. Con lo cual, se facilitó la internacionalización de la economía española, al entrarse de hecho en la Unión Monetaria Latina. Y un año después, se dio –aunque fuera con carácter sólo transitorio, por entonces– una solución conciliatoria del libre cambio y el proteccionismo; con el Arancel de Aduanas de 1869, también de la mano de Laureano Figuerola.

De cara al futuro, que es lo que ahora más nos importa, Prim constituye, a todas luces, un modelo de planteamientos democráticos, de posibilidad de entendimiento, de pacto para los intereses de la ciudadanía y pensando en el proyecto global de España como gran nación de naciones. Y eso es lo que me permití exponer en mi intervención, en el Monasterio de Poblet, el pasado 26 de febrero, ante la Sociedad del Bicentenario del General Prim, que encabeza Pau Roca (de Reus, como Prim), y cuyo patronato presidió en la ocasión el Príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, Don Felipe de Borbón, quien, a mi juicio, ha sabido asumir la grandeza del Modelo Prim.