El pacto que se decidió el 30 de mayo

La Razón
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Durante todo el sábado 30 de mayo, el Comité de Estrategia de Ciudadanos se reunió de forma discreta en un hotel de la barcelonesa ciudad de Sitges, alejado de miradas curiosas, micrófonos y cámaras de televisión. Allí, el núcleo duro de la formación naranja –el Comité de Acuerdos Postelectorales, ampliado con un grupo de estrechos colaboradores del presidente del partido, Albert Rivera– analizó los datos electorales, trabajó en el diseño de un partido que había crecido de forma exponencial superando los 25.000 militantes, estudió un nuevo diseño de implantación territorial y planteó un debate sobre la política de pactos.

Este núcleo duro era consciente de que sus movimientos serían la clave para consolidar una nueva estructura que diera cabida al «aluvión de militantes» y así afrontar con garantías de éxito la contienda electoral prevista para después del verano. Fortalecer el partido y atinar en la política de pactos se antojaban los primeros escollos a superar. La discusión no fue fácil. Las intervenciones del «núcleo duro» desvelaron la existencia de unos que apostaban por pactar con los socialistas y otros más proclives a los populares. Rivera y sus más cercanos tenían otra idea en la cabeza: «Ciudadanos es un partido centrista que se puede entender con los populares y los socialistas siempre que se avengan a una regeneración democrática y transparencia de las instituciones». Al final, Rivera impuso su posición.

La «equidistancia» se convirtió desde aquel día en la palabra de moda en Ciudadanos que fue conjugada como un verbo. «Ciudadanos no podía plantearse de ninguna manera crear cordones sanitarios con ningún partido sino que tenía que plantear las mismas condiciones a ambas formaciones» –PP y PSOE–, afirma un miembro del «núcleo duro». Los estrategas naranjas también apostaron por la estabilidad, marcar distancia con los nacionalismos y plantear un amplio abanico de propuestas sobre reactivación económica y cohesión social como la reducción del tramo autonómico del IRPF o la ventanilla única, para simplificar los trámites administrativos y favorecer la creación de empresas.

Con estos criterios bajo el brazo, el órdago se puso encima de la mesa: Ciudadanos daría su apoyo a Cristina Cifuentes en Madrid y a Susana Díaz en Andalucía. Como un anuncio premonitorio, Susana Díaz llamó esa tarde de sábado a Albert Rivera. El equipo de estrategia, con su presidente al frente, se puso manos a la obra. De hecho, algunas fuentes apuntan que Rivera desveló sus intenciones a Rajoy y a Sánchez en las sendas reuniones que mantuvo el pasado martes con ellos: falso. Lo que sí les propuso es que en Cataluña la fuerza no nacionalista más votada –Ciudadanos, PSC o PP– tuviera el apoyo de las otras dos para formar un gobierno alternativo al secesionismo. Rivera tardó apenas 72 horas a poner aguja al hilo. El martes 2 ya había desplegado toda su artillería.

En estos días, la llamada de Susana Díaz a Albert Rivera o de Albert Rivera a Susana Díaz ha sido una constante y ha marcado la marcha de unas intensas negociaciones que ayer desveló LA RAZÓN. Juan Marín, el líder de Ciudadanos andaluz, había puesto los cimientos de esta relación. De hecho, es un secreto a voces que Marín tiene una fluida relación con Susana Díaz, basada en la cordialidad y la confianza. Rivera no oculta su predilección por Díaz. «Es un hombre de Estado», dicen miembros de su entorno que comentó de la líder andaluza. Las alabanzas continúan: «Es despierta y está al tanto del momento histórico». Sin embargo, Rivera no parece pensar así de Pedro Sánchez. Fuentes conocedoras de su encuentro con el líder socialista afirman que Rivera «no se sintió cómodo en la reunión». «No tuvo química», sentencian.

Quizá esta intensidad telefónica se acentúe a partir de mañana con Cristina Cifuentes con la que Rivera tiene una relación de amistad, reconocida por la líder popular madrileña. En estos días, han hablado, pero Cifuentes siempre ha dicho «que no aprovechará su amistad para alcanzar acuerdos». Eso, sin duda, para Cifuentes y Rivera va por otros derroteros.