El pecado de la carne

La Razón
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La Organización Mundial de la Salud viene a confesarnos de los pecados de la carne, olvidados ya esos otros que la lujuria daba por vicios y que hoy no son más que anotaciones a pie de página del sínodo laico de la era del edredoning, malas digestiones sexuales. Que nos digan que el jamón es malo resulta un pésimo chiste en el entierro de nuestra civilización, antaño ejemplarizante porque permitía todos los sabores y una copa de vino tinto. Con todo ello se alcanzaba el don de la longevidad que el Mediterráneo ha guardado entre duelos, quebrantos y un bodegón de Velázquez.

La carne nos explica tanto como la filosofía. Si no fuéramos carnívoros no seríamos y si hemos de dejar de serlo, no seremos. Entraríamos en otra etapa de la evolución. A Pla le aburría el lujo en la mesa. Bueno, le aburría el lujo. Si hubiera vivido la época de la tortilla de hidrógeno estaría condenada a su infierno literario por demasiado exótica. Con lo que bien que sabía el cocido catalán. El jamón, que es a lo que vamos, es el lujo que no lo parece. O sea, el colmo de la elegancia, como unos buenos zapatos gastados. Su finura supone quedarse de un poema la esencia sin ruido sintáctico ni lírica costurera. La antítesis de lo cursi y la pesadilla en la cocina. El jamón explica por qué hemos nacido para comer. De algo hay que morir, diría, y si es de comer jamón pues mejor dos patas que una tapa mal cortada.

Algo tan bueno no puede causar más mal que el de no probarlo alguna vez. Los señores de la OMS, que lo mismo alertan de la gripe aviar que del virus del fin del mundo, harían bien en invocar al espíritu de Grande Covián, ahora que llega Halloween, y dejarse de chamanes de la lechuga y sacerdotisas de la escarola como únicos referentes de esa ética saludable. Lo verde se ha convertido en una religión con aval científico. Sólo se necesita la fe en la fórmula matemática. La carne vuelve a saber a prohibido en esta Cuaresma eterna que quieren imponernos unos doctores de la equivocación. Los que decían que los antioxidantes eran vitales para alcanzar el siglo sin pasar un resfriado y luego advierten, una vez que los laboratorios explotaron el dogma, que provocan el efecto contrario. Los que vendían dietas de a peseta por las que alguien habrá olido el cementerio antes de tiempo. Que lean las crónicas gastronómicas de Vázquez Montalbán, lo mejor que digirió el escritor, para saber qué necesita el alma de Carvalho para salvarse de los bajos fondos porque pocas cosas hay que reconforten más al humano que una comida con todos sus avíos. Sin jamón no hay paraíso y si me han de esperar en el cielo que sea con un pata negra entre nubes blancas. Entre el jamón y la gloria, ay jamón, me quedo contigo.