El pequeño día D

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El comienzo de la operación Overlord –el desembarco en las playas de Normandía para reconquistar Europa de la dominación nazi– estaba previsto para el 5 de junio de 1944, pero las pésimas condiciones climáticas forzaron al comandante en jefe aliado Dwight D Eisenhower a aplazarla hasta el día siguiente. Quizá por eso, a esta segunda fecha, los especialistas en temas bélicos, la conocen con el nombre El pequeño día D.

Pues bien, mañana es el día D de Pedro Sánchez, ese día en el que conseguirá juntar –si las condiciones ambientales pésimas no lo impiden– a Pablo Iglesias y Albert Rivera. Pero ayer tuvimos el pequeño día D, aquel en el que visualizamos de verdad como velaban sus armas los integrantes del pacto de progreso que conseguirá la investidura de Pedro Sánchez. La puesta en escena no pudo ser más desastrosa. Todo empezó dos días antes cuando Pablo le dijo a Albert que debería abstenerse y Albert le dijo a Pablo que si no vota sí al pacto PSOE-Ciudadanos no habría acuerdo posible: que nada de abstenerse. También el martes Ciudadanos pidió entrar en el Gobierno del PSOE y, a las pocas horas, el propio partido desautorizó al portavoz –Juan Carlos Girauta– que había pedido ministros para su partido. Podemos rió la metedura de pata.

Pero lo del martes no fue nada comparado con lo de ayer en el propio Congreso. Pablo llamó intolerantes a los de Ciudadanos y les acusó de ser incapaces de reconocer los derechos humanos. Rivera dijo a Pablo que, «como no tiene ni idea», confunde asilo con inmigración, le recordó sus relaciones con Venezuela e Irán y le pidió que se sumara a la petición de derechos humanos para Venezuela: «donde tiene gente que le financia su partido». Pero el remate fueron las alusiones personales. Como Iglesias reprochó a Rivera su cuñadismo con el PP, este le contestó que «cuñadismo es también colocar a amigos, familiares y a las novias». Así, en plural. Y los diputados miraron hacia los escaños de Podemos.

Sánchez, que en algún momento debería haber pedido un paquete de palomitas para seguir mejor a los protagonistas de su acuerdo, decidió no intervenir. Fue un silencio mayestático, distante, alucinado, como si algo se saliera su guión. Quedó para todo el mundo claro que su pacto –de alcanzarse– promete momentos de gloria irrepetibles. Mientras, Rajoy esperaba en su escaño.