El pesimismo como arma

Desde la crisis holandesa de los bulbos de tulipán de 1636 hasta la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, Reino Unido, España, Irlanda e Islandia entre 2002 y 2007, más la deuda griega, diez han sido los terremotos financieros historiados. Todos duraron una media de diez años, arriba o abajo, descontando el globo accionarial y de activos de Wall Street en 1929 cuyo crack sonó hasta 1954 pese al reactivo de la IIGM. Quien mantuvo en Bolsa sus acciones al inicio de la Gran Depresión murió longevo sin recuperar un solo dólar. En tiempos de tribulación deberíamos releer «Las uvas de la ira» de John Steinbeck, caido en el socialismo para acabar en el Partido Republicano. La periodicidad de nuestras EPA es un gota a gota que altera el sistema nervioso central, y cuando los datos son esperanzadores los comunistas que se avergüenzan de su apellido y pretenden sustituir la «casta» por la nomenklatura, sumados a socialdemócratas que están pensando en lo que son o quieren ser, se desgarran la camisa populista presentando un país equivalente al Chipre griego. Sólo nos faltaría poner en entredicho la honradez de Caritas, pero resulta difícil objetivar esos millones de niños famélicos. Hay menos lanzamientos que cuando Carme Chacón los aceleró para proteger el parque de alquiler, pero eso no es asumible para Ada Colau, y no es cierto que una generación esté cruzando la frontera para no volver. Es la sociedad civil quien parece haberse leído «Manías, pánicos y cracs», de Kindleberger, asumiendo que la convalecencia será larga y que Alemania, la única que crece algo en la UE, cuenta con ocho millones de «minijobs» aceptados por los socialistas en coalición con la demoniaca Angela Merkel. Si Rajoy no se jubila, como pretende Sánchez, en 2016 podremos estar reflotados, aunque nunca volveremos a ser lo que fuimos y habremos de sostener a los dos millones de parados estructurales que tenía Zapatero. La mentira es un arma revolucionaria, según Lenin. Y el pesimismo demoscópico, también.