El pie frío

La gente vocea que no quiere que le mientan, que quiere la verdad. No lo creo. No queremos ni oírla. Cuando Rodríguez Zapatero vino de Bruselas aceptando –por fin– la crisis y con órdenes de meter la tijera, hasta los suyos lo abandonaron. Cuando Aznar explicó que un país pequeño debía arrimarse a una superpotencia para prosperar, abominaron de él. Nos gusta meter la cabeza bajo el ala o enterrarla o mirar hacia otro lado. Estoy pensando que a lo mejor nos conviene un presidente como el que tenemos ahora. A mí no me gusta el carácter de Mariano Rajoy, me parece un pie frío. Estamos en las antípodas temperamentales, pero llevo meses observándolo con interés entomológico. El rescate, por ejemplo, menuda tiene liada con el rescate. Que si voy, que si vengo; que si subo, que si bajo. Un baile cuyo único objetivo es el baile, precisamente. Porque hace un año la oposición decía que el rescate sería el certificado del fracaso del Gobierno de la derecha y ahora dice todo lo contrario: que por no pedirlo está arruinando a España. El presidente no ha hecho nada, pero ha conseguido poner la jugada a su favor. Éste es un país difícil. Cuando a un ministro se le ocurre decir –como ha hecho Gallardón en Cope– que desgraciadamente gobernar es a veces «repartir dolor», la respuesta de Montserrat Domínguez en Tele5 es «se me ponen los vellos de punta». Se pide verdad, pero no se quiere. Es puro teatro y, por el contrario, se valora al sinuoso, al de los brotes verdes, al que no exige ni molesta, al que afirma que «todo se soluciona» y da cobertura a nuestra laxitud. Es indiscutible que Mariano Rajoy ha mentido, al menos en cuanto a bajar los impuestos y respetar la actualización de las pensiones. Y, sin embargo, la mentira se amortiza en España de forma pavorosa, como si estuviese socialmente admitida. ¿No será que sólo toleramos dirigentes que alimenten ilusiones, que adulteren la realidad? Porque si es verdad esta hipótesis trágica, hemos dado con la horma de nuestro zapato. Un maestro que evita el cuerpo a cuerpo, que dribla los ataques, alarga los plazos, pospone los disgustos y evita la verdad cuando es molesta. Un líder de «perfil bajo» que ignora a los medios cuanto puede y pone a sus ministros de delanteros. Ignoro si Mariano Rajoy es el mejor presidente, pero tal vez es el mejor en un momento tan complicado como éste. La política, no lo olvidemos, es el arte de lo posible.