El Prado

LA RAZÓN dedica dos páginas de Cultura a la posible decadencia del Museo del Prado. Dos páginas de Gemma Pajares y artículo de Opinión de Pedro Narváez en el que se pregunta si es cierto que la mitad de las obras del gran museo se exhiben en dudoso estado de salud. Se trata de una información alarmante, por cuanto el Prado es tesoro inigualable y orgullo insuperable de todos los españoles. La conclusión es difícil de asumir. Por tercer año consecutivo ha descendido el número de visitantes a la maravillosa pinacoteca. Así de golpe, suena mal. Si hay reflexión de por medio, la noticia puede cambiar de bando y convertirse en esperanzadora. El mayor daño que puede herir a la mejor pinacoteca del mundo es consecuencia de la masa visitadora. Pero hay que tener conocimientos científicos y técnicos, que a mi me faltan, para desarrollar tan sensata teoría.

Tuve la suerte de descubrir la grandeza del Prado gracias a mi maestro Santiago Amón. Decenas de visitas guiadas por su sabiduría. Eran visitas pausadas, dedicadas exclusivamente a un pintor o una época. Permanecimos una mañana cuatro horas seguidas ante las Meninas, y se cumplió la profecía de Amón: «Cuantas más veces la contemples, descubrirás los matices grandiosos que nunca verán los japoneses, tan programados en la prisa». Gracias a Amón he descubierto que el «Canto Espiritual» de San Juan de la Cruz es una obra maestra de la Mística española en estado de permanente crecimiento. Su lectura es siempre nueva, diferente y mejor.

Madrid tiene muchos e interesantes museos. Muchas instituciones guardan entre sus muros auténticas joyas pictóricas y artísticas. Pero el Prado no es objeto de competencia. El edificio Villanueva establece con su presencia altiva la máxima expresión de la Pintura en el mundo. Ese mundo que cambia y elige nuevos rumbos para expresar su admiración. Nos acompañaba alguna mañana un melancólico enamoradizo que sufría horrores por la falta de interés que mostraba hacia él la mujer de sus sueños. Amón dictó sentencia: «-Es usted un memo. Intenta darle un beso en una discoteca con resultados catastróficos. Tráigala al Prado. Llévela ante el tríptico del Jardín de las Delicias del Bosco. Si ella es sensible, se enamorará de usted». A los veinte años se separaron, pero el melancólico alcanzó su sueño.

He leído que la masa que visita Madrid –tiene que haber de todo–, ha colocado en la relación de preferencias turísticas en el cuarto lugar al Museo del Real Madrid en el Estadio Bernabéu. Por delante del formidable Palacio Real. Se trata de un impresionante y muy bien estructurado museo deportivo, con el Club más importante del mundo como protagonista. Los culturetas no admiten esa realidad social, como si el Prado, el Reina Sofía, el Lázaro Galdiano, Las Descalzas Reales, el Naval, el Sorolla o el de Bellas Artes sufrieran la humillación del fútbol, una pasión universal que arrastra a miles de millones de personas. Lo perfecto, visitar El Prado y no dejar de acudir al del Bernabéu. Pero tambien es cierto que si un día el Bernabéu supera en visitantes al Prado habría que meditar al respecto.

Lo escribió el gran conde de Villamediana, el más corto –por obra–, y el más largo –por éxito en la vida–, de los poetas de nuestro Siglo de Oro. «Voy a Madrid y no conozco el Prado./ Y no lo desconozco por olvido./Pero me duele ver que hoy es pisado/ por muchos que debiera ser pacido». El Prado fue, durante tres siglos, el centro de la vida culta, cortesana, amorosa, económica y artística de Madrid. La puerta que se abre al Paseo del Prado ha sido testigo de amores, trifulcas, enfados, desaires, fornicios y hasta duelos en busca de los honores mancillados. Velázquez, Goya, Zurbarán, El Bosco, Brueghel, Murillo, Carreño, Rafael, Rubens, Rembrandt y ahora, Leonardo con su Monalisa que ha secado la sonrisa de la «Gioconda» del Louvre, se han asomado a las ventanas para querer a Madrid. Un pasmo, un prodigio. No debe ser motivo de preocupación el descenso del número de visitantes, ni esa disminución del interés turístico anuncia una decadencia. Quizá la decadencia no es de Goya, sino de los turistas.

Es posible que haya llegado la hora de reducir drásticamente el número de visitantes diarios al gran Museo. Estuve unos pocos días en San Petersburgo, y para visitar el Hermitáge se precisaba de un patinete. Cinco horas permanecí en su interior y no recuerdo, por la prisa, apenas ninguna obra maestra. Me faltaba Amón a mi lado para mostrarme los matices del «Hijo Pródigo» de Rembrandt. Pero allí, una amable restauradora rusa me confesó que sería feliz si al Hermitáge sólo pudieran acceder cien visitantes por día.

No está en decadencia el Prado. Está en decadencia la sociedad. Y como las mareas, aquello que la mar se lleva, al cabo del tiempo lo devuelve.