El pudor ya no se lleva

La Razón
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Hace años, con motivo de la publicación de mi libro «Pídeme la luna» (Planeta), el título de una entrevista que me hicieron fue: «No tenemos una sexualidad sana. Tenemos un putiferio». Los lectores, del diario en cuestión, me llamaron de todo menos bonita. No comprendieron, ni les dio la gana, el alcance y profundidad sociológica de mi afirmación. La sexualidad se ha banalizado tanto que, cada vez más, hay menores de catorce, quince o incluso menos años, que sin haberse estrenado apenas en la vida, e ignorándolo todo sobre el amor y las relaciones entre hombres y mujeres, «juegan al sexo» como si se tratase de «juegos de tronos», esto es, como si no tuviese consecuencias –ni emocional, ni espiritual, ni mental, ni físicamente–. ¿Quién les ha enseñado a comportarse así? ¿Acaso es el resultado de una combinación letal de falta de educación humana, dejadez paternal y la decadencia de una sociedad que ha abjurado de valores tradicionales por considerarlos demodés al asociarlos con el catolicismo? El pudor ya no se lleva. Las chicas no quieren parecer «anticuadas» y van de «liberadas» como las famosas a las que toman como modelo de referencia. Creen que lo suyo es sexo sin ningún tipo de tapujo, cuando en verdad han entrado en el juego del «putiferio». Ni la mujer ni el hombre deben comportarse como «objetos en oferta y demanda». Sin valores, no hay base para que las relaciones sean psicológicamente sanas. Debemos tomar conciencia y esforzarnos en desmontar el «adoctrinamiento» de quienes manejan los hilos ocultos de la sociedad y que se afanan en perfeccionar su ingeniería social, o en caso contrario la vida se convertirá en una suerte de lupanar donde el amor se habrá vulgarizado. El fin de la edad de la inocencia traerá consigo la desaparición de la del respeto por uno mismo, esto es, el ser humano se habrá desprendido de su valor más preciado: la dignidad.