El rapto de la vergüenza

En un golpe de mano, Boko Haram, el sanguinario grupo islámico que aterroriza a Nigeria, con miles de muertos a sus espaldas, raptó el día 14 de abril en una escuela de Chibok, en Borno, a más de doscientas niñas. Pasado el tiempo, siguen en sus manos, probablemente en las profundidades del inmenso bosque de Sambisa, de difícil y peligroso acceso, donde nadie duda de que las adolescentes estarán siendo objeto de todo tipo de abusos. Los secuestradores amenazan con venderlas. Los padres de las criaturas lloran y esperan. Por fin, ha empezado a movilizarse la conciencia de los gobernantes y la opinión pública mundial, no tanto algunos medios progresistas españoles, que prefieren mirar para otro lado, como si esto no fuera noticia, y ocuparse, con gran empeño y amplitud, de la reislamización de la mezquita-catedral de Córdoba. Las autoridades nigerianas han colocado carteles de busca y captura, como el que aparece en la fotografía. Ponen precio al cabecilla de esta secta terrorista, llamado Abubakar Shekau, y a sus principales secuaces en una larga lista. Ahí la tienen. En el otro lado de la foto, esos hombres conversan y sonríen distendidos, como si no fuera con ellos y aquí no pasara nada. Esta peligrosa secta islámica pretende con actos de violencia como éste contra personas inocentes derrocar al Gobierno de Nigeria por «infiel». Su nombre, Boko Haram, en la lengua local hausa significa algo así como «prohibida la educación occidental». Eso incluye, por supuesto, el ejercicio y la difusión del cristianismo. En el corazón de África se está librando en nuestros días una cruel batalla entre el cristianismo y el islam expansionista y fanatizado en medio de la indiferencia general. La consigna es: ¡Prohibido aprender! ¡Viva el adoctrinamiento! El brutal secuestro de niñas en la escuela de Chibok, que no es el único –el pasado domingo fueron raptadas otras once niñas, de entre doce y quince años, en el cercano pueblo de Warabe–, desprestigia al verdadero islam y pone de relieve el problema de fondo, alimentado de fanatismo y hambre. Es el rapto de la vergüenza, que nos obliga a todos a mirar hoy al África deprimida con corazón compasivo, ira contenida y un poco de mala conciencia.