El reto de escribir de memoria

La Razón
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Como el calor aplatana no sólo a los espíritus sino también a los delicados mecanismos cibernéticos, hete aquí que el enrutador ha dicho basta. La conexión a la red en el despacho brilla por su ausencia y este artículo, escrito ante un viejo ventilador de aspas que amenaza con mutilar al primer despistado que se le acerque, deberá ser enviado desde un ordenador prestado, previo almacenamiento en un pen drive. El reto consiste, por consiguiente, en terminarlo sin el concurso salvador de Internet, donde siempre se encuentra el dato preciso, la cita exacta, la respuesta a la más elemental de las dudas: cuando se abren comillas e interrogación a la vez, ¿se empieza la pregunta con una mayúscula? Ese tipo de cosas (verbigracia, miraría en este momento si «pendrive» se escribe junto, separado o con guion). En la parte positiva, es obligatorio consignar que la navegación dispersa una barbaridad por lo que, privado de tal distracción, ha quedado superado el ecuador de la columna en poco más de cinco minutos. Igual que los profesores advierten de que el abuso de la tecnología no sólo merma la competencia expresiva, sino que los chavales han perdido el hábito de usar bolígrafo y son incapaces de escribir a mano, el acceso inmediato a la información nos atrofiará la memoria y tras ella, la mismísima capacidad para pensar. El click es una zona de confort demasiado tentadora como para retomar el hábito de estrujarse las neuronas en busca de un recuerdo o levantarse y andar hasta el anaquel. Un bloguero argentino advirtió sobre esto hace años en un artículo titulado «Elogio de la punta de la lengua». O algo así, porque no tengo conexión para cerciorarme del título ni para aportarles el nombre. Me viene Caszely, pero ése era el futbolista chileno que se negó a darle la mano a Pinochet.

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