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El silencio y los corderos

«Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena». Con esta rotunda frase, Mahatma Gandhi decapaba el barniz atribuido en muchas ocasiones al silencio como una manera de reprobación. En efecto, ante la injusticia sólo cabe la actitud activa.

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Hace un par de días, en un seminario de la Universidad, escuché a un profesor de Filosofía algunas reflexiones sobre la idea de Justicia. La conclusión es que no hay un concepto común en todas las personas. Incluso entre los que piensan parecido, hay importantes discrepancias. Uno puede ser libertario de Robert Nozick, de Tristam Engelhardt o de Allen Buchanan, utilitarista o liberal igualitario en el sentido de John Ralws, de Ronald Dworkin, de Amartya Sen o de cualquier otro y entonces, la idea de justicia experimenta matices.

Quizá sea más fácil, aunque no carente de dificultad en algunos casos, identificar la injusticia para definir, por contradicción, la Justicia. En nuestra sociedad existe un amplio consenso sobre algunas circunstancias injustas. La arbitrariedad, por ejemplo, se produce cuando alguien ejerce su poder abusando de su autoridad para actuar a capricho, no respetando la norma, la ley o la propia lógica. La consecuencia del abuso de poder es la inseguridad, la vulnerabilidad, el sometimiento al mando arbitrario. Cuando no se respetan normas, o mejor aún, la norma es el capricho del titular del poder, es imprevisible la actuación de este.

Esa conducta es muy poco republicana en sentido cívico y, por tanto, poco socialista. La arbitrariedad, como ha enunciado la teoría de la espiral del silencio: genera miedo, el miedo silencio, y el silencio se usa para proteger la injusticia.

En la semana que termina, la dirección del Partido Socialista ha decidido expulsar a una militante de Madrid. Las razones están enmarcadas en manifestaciones públicas, críticas con algunos dirigentes políticos del PSOE. El razonamiento continúa mediante la identificación de la crítica con el menoscabo de la imagen de la organización política.

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Es discutible si esa correlación, opinión díscola y daño al partido político, existe y es tan lineal. No obstante, no vamos a discutir tal circunstancia, puesto que puede haber opiniones en un sentido y en otro y el debate sería interminable. Sin embargo, sí podemos aportar algunos argumentos indiscutibles. El primero de ellos es que la cultura del Partido Socialista es de libertad en la adopción de posiciones políticas y la expresión de las mismas, y además, es habitual escuchar la mayoría de los días los diferentes puntos de vista de militantes y dirigentes, sin que a ninguno se le expulse por ello.

Pero hay otra circunstancia aún más rotunda e hiriente para muchos socialistas. En las pasadas elecciones del 20 de diciembre, los militantes socialistas madrileños hemos votado y hecho campaña en favor de una candidatura en la se incorporaba, por decisión del máximo dirigente, a alguien como la Sra. Irene Lozano, que había propinado «piropos» al Partido Socialista tales como «el PSOE se ha acomodado a unas prácticas muy semejantes de política corrupta» o «el PP y el PSOE son la élite extractiva que han gobernado España durante los últimos 30 años y para ellos su ideal europeo sería que esto fuera una mezcla de Suiza y Sicilia, es decir, el secreto bancario, las cuentas ilegales y los métodos mafiosos, que es a lo que nos tienen acostumbrados» o aquella otra de «el PSOE cambia radicalmente cuando está en el gobierno y cuando está en la oposición, entonces no te puedes fiar mucho».

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No cabe discusión si se afirma que estas frases, y no son las únicas, menoscaban la imagen del PSOE. Eso sí, si insultas al Partido Socialista desde UPyD, te premian con ser diputado a Cortes. Si un militante critica decisiones que considera injustas, se le expulsa, y la cuota mensual que se paga no cubre tal derecho. Hablando de arbitrariedades, no voy a recordar alguna que los socialistas madrileños tenemos muy presente, precisamente estos días.

En la famosa película «El silencio de los corderos», la agente Starling del FBI deseaba dejar de escuchar los gritos de los corderos antes de ser sacrificados en la granja de su padre y para ello necesitaba capturar al asesino en serie. En este caso el silencio era la paz de la justicia.