En América hablan español

En un paso de la cordillera andina y a poco de llegar a América detuve mi coche ante una extraña señal de tráfico que decía «Pare». Y como buen ciudadano, paré, y continué parado en una especie de desmayo mental transitorio. Se había formado una buena fila tras de mí hasta que otro viajero sacó la cabeza por la ventanilla para espetarme: «¡Gallego de mierda, estás ante un ''Stop''»! Con los años comprobé que en la carretera Panamericana, desde el Río Grande a la Tierra de Fuego, no había un solo «Stop» ni anglicismo alguno en toda la señalización vial. Los hispanoamericanos no aparcan sino que estacionan y no hay un solo «parking» sino numerosos estacionamientos, de la misma forma que no confunden (como nosotros) el alpinismo de los Alpes con el andinismo de los Andes. Se hace cierta la tesis de los filólogos de que el idioma se acaba conservando mejor en la periferia que en la metrópoli. Políticos e intelectuales de toda condición me han preguntado intrigados por mi alusión al castellano y sólo pude explicarles que la calificación idiomática era constitucional porque nuestros constituyentes temieron herir la susceptibilidad de los hablantes en catalán, euskera o gallego, tomando del español una parte del todo. Cuando se filtró el borrador constitucional el poderoso editor Jesús de Polanco reunió a sus directivos periodísticos para una primera evaluación. Cuando empezamos en el título preliminar con eso de que «El castellano es la lengua española oficial del Estado» torció el gesto: «Eso no lo van a entender en América». Más tarde pude comprobar que los ilustrados de Bogotá hablan mejor español que los vallisoletanos. Como castellano viejo, y, por seguir la broma cinematográfica, con ocho apellidos castellanos y hasta limpieza de sangre, reconforta que el gran humanista Francisco Rodríguez Adrados nos recuerde que llamar castellano al que fue castellano y hoy es español, es un error. Los españoles, incluidos los que cuentan lengua cooficial, tenemos demasiados «Stop».