En campaña

Estamos sumergidos en la precampaña. Pero el uso en el ámbito político de hallarse «en campaña» evoca ciertos aires marciales. Parece como si todo tuviera que adquirir un ritmo más dinámico, algo parecido a las marchas que se entonan en los desfiles militares. Éste va a ser un año de muchos desfiles y por diversos escenarios, empezando por Andalucía. Los actores, sin embargo, van a cobrar distintas connotaciones según los lugares. Nada tendrá que ver lo que suceda en tierras andaluzas con lo que se avecina en Cataluña en otras elecciones anunciadas con antelación suficiente para que cualquier pronóstico resulte inviable. Pero las circunstancias de este año electoral son peculiares. Descubrimos como telón de fondo la situación griega. La nueva formación Syriza, a la que algunos exagerados califican de comunista (¿queda de hecho algún país comunista, salvo Corea del Norte?) agita y preocupa, sin embargo, a Europa y Alemania se muestra inflexible. Los hombres de negro, más comúnmente calificados de troika, han sido repudiados e incluso tachados de poco democráticos. Pero sus recortes en el país heleno dieron como resultado un cambio radical en su bipartidismo corrupto imperante hasta hace poco. Otros países rescatados, como Irlanda o Portugal, han capeado mejor los temporales, pese a contar también con sus indignados. Hasta el propio presidente de los EE.UU. señaló que no puede apretarse más a ciertos países que ya han sido exprimidos. Sea cual sea la solución a las demandas del nuevo gobierno heleno los tambores de guerra parecen irse acallando poco a poco. Ya nadie habla de la salida de Grecia de la eurozona; por el contrario, buena parte de los socios de la Unión muestran sus deseos de que se produzca un cierto crecimiento en el conjunto de Europa que permita arrastrar a la economía griega. Alemania sabe también que nadie logrará salvarse sólo. Hay que salir a flote en conjunto. Y aunque las noticias sobre las grandes cifras económicas de España sean favorables, los ciudadanos no acaban de percibir los efluvios de la bonanza. Mantenemos todavía una vergonzosa cifra de paro y los recortes se dejan sentir con sus nocivos efectos. Pedro J. Ramírez, en unas recientes declaraciones a “La Vanguardia”, tras anunciar su proyectado periódico digital, consideraba: «Se ha agotado la transición, como demuestran dos síntomas: el independentismo y Podemos, que ponen en evidencia los vicios de lo que denominamos partitocracia o casta». Es discutible que ambos fenómenos procedan del fin de lo que se ha venido calificando de Transición, aunque no cabe duda de que son el resultado de la crisis de los dos grandes partidos turnantes, fruto, sin embargo, de una economía occidental que está soportando las tormentas económicas de un capitalismo mal entendido; rechazado, incluso, por el Papa Francisco. Es en esta circunstancia global donde hay que situar la crisis del centro político, afectado más por la izquierda que por la derecha. Las nuevas formaciones flanquean, sin duda, a los dos grandes partidos, pero no cabe duda de que la capacidad de movilización ciudadana se halla ahora en Podemos, como demostró el pasado domingo y en los secesionistas catalanes. En las encuestas del CIS, publicadas el pasado miércoles, dicha formación con el 23,9% superaba al PSOE, con un 22,2%. Pero el PP seguía mostrándose ganador con un 27,3%. Los márgenes entre las tres formaciones resultan muy estrechos. Las actitudes de los partidarios de Podemos deben considerarse, por el momento, fruto de emociones. Porque también la indignación y la rabia son formas emotivas antes que racionales. No es de extrañar, por consiguiente, que Pablo Iglesias proclame sus «sueños» en lugar de su programa. Los sueños son liberadores y no es necesario que se aferren a la incómoda realidad. Pero la organización de esta nueva formación, Podemos, no está todavía arraigada. El proceso de consolidación de una formación de vocación nacional nunca es sencillo, pero el tiempo electoral se les ha echado encima. Poco podrán hacer en las próximas andaluzas, donde la confrontación seguirá siendo PP/PSOE. Susana Díaz sabía que el adelanto electoral cogería con el pie cambiado a algunas formaciones que, con mayor disponibilidad de tiempo, hubieran podido convertirse en probables adversarios. Al margen de consideraciones puntuales, como el rechazo socialista a la cadena perpetua –que habrá de explicar muy bien a sus militantes– lo más trascendental del acuerdo PP-PSOE fue su elocuente puesta en escena. Alguien aludió al «abrazo del oso» del PP a un debilitado PSOE. Pero ambos líderes se ofrecían a los ojos del espectador televisivo como dos formaciones de gobierno. Sin embargo, al margen de las municipales, que vendrán a continuación y en las que aparecerán en algunas capitales formaciones ciudadanas y alguna que otra sigla, lo que se ha propuesto Podemos es entrar ya como segunda fuerza –con las esperanza de ser incluso primera, a la griega– en el debate político con el PP. Tampoco le vendría mal al PP esta situación, que marginaría a los socialistas. Pero estas complejidades pueden no ser gratuitas y ofrecer, tras las elecciones generales, un panorama disperso y hasta conflictivo. Nos alejaríamos de la Transición, en efecto, pero esta nueva travesía del desierto podría generar nuevos y desconocidos problemas. Tal vez llegaríamos al borde de una inestabilidad que podría cuestionar los incipientes logros económicos, de haberlos. Pero nos movemos todavía en el incierto ámbito de los pronósticos. Las elecciones andaluzas pueden ser el primer síntoma de un cambio. Todos los partidos, salvo el que gobierna, apuestan por él. Pero, de producirse, puede llevarnos tan lejos como cuestionar el sistema político en el que nos asentamos. El PP utilizará el poder del miedo ante Podemos. Pero el miedo es también una fuerza irracional e incontrolable. Conviene, pues, retornar al ámbito de la razón y huir de algunas tentaciones poco justificadas. Quede para otra ocasión el complejo mundo del independentismo catalán, sus contradicciones internas y la naturaleza de unas elecciones que, a la postre, no dejarán de ser partidistas. Pero hasta que se realicen queda todo un mundo.