Entre Pompeya y Esperanza

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El 62 a. C., Publio Clodio Pulcro, un demagogo romano, se disfrazó de mujer y consiguió entrar en la casa de Julio César. Clodio pretendía acostarse con Pompeya, la mujer de César. No era Pompeya culpable, pero César se divorció de ella alegando que «La mujer de César no sólo debe ser honrada. Además debe parecerlo». He recordado este episodio cesariano, al conocer la dimisión de Esperanza Aguirre. Como, a diferencia de otros, nunca le pedí nada –un empleo, una concesión de radio o un contrato– me siento totalmente libre para abordar el tema. La carrera de Aguirre, primera presidenta del Senado de la Historia de España, dio un salto, cuando, en 2003, se convirtió en presidenta de Madrid a la que colocó en cabeza de las CCAA. Dotada de ideas, empuje y carisma, fue el blanco de una izquierda que la temía porque era consciente de su enorme superioridad técnica, moral y política. A pesar de sus victorias electorales y de sus éxitos de gestión, Aguirre cometió dos grandes errores. El primero fue no presentarse como alternativa en el Congreso de Valencia permitiendo la consolidación del rajoyismo en el que, actualmente, ni cenamos ni se muere padre. El segundo fue presentarse a la alcaldía de Madrid en una campaña mal planteada tras la que, al menos, tuvo la grandeza de ofrecer al PSOE una coalición en la que no sería alcaldesa, pero no gobernaría Podemos. Seguramente, Aguirre es tan inocente como Pompeya y, al dimitir, ha dado un ejemplo poco habitual de dignidad. La situación en que ahora se encuentra España mejoraría si también dimitieran aquellos que han recibido dinero de Irán y Venezuela; aquellos que han cobrado de una universidad por la que no se pasaban ni con el pensamiento; aquellos que dieron su asentimiento a las operaciones más desastrosas de cajas como la de Madrid, las innumerables de Cataluña o la más importante de La Mancha; aquellos que recibían sobresueldos procedentes de la financiación ilegal en sobres o cajas de puros; aquellos que percibieron remesas de liquidez totalmente al margen de la ley y permitieron que se les quedaran pegadas a los dedos; aquellos que convirtieron el tres por ciento en filosofía política; y aquellos que aprovecharon el desempleo como fuente de enriquecimiento y fraude. Si todos ellos dimitieran, con seguridad, no podrían hacerlo con la misma dignidad que Esperanza Aguirre, pero contribuirían no poco a desatascar ese inmenso albañal en que ha terminado convirtiéndose buena parte de la política española.