Éste no soy yo

Tengo la convicción –negativa– de que todos nos creemos más guapos y atractivos de lo que somos en realidad. Como reconocido diseñador de escenarios y vestuarios de teatro, me tengo por un buen dibujante, no mal dotado para hacer un retrato que se parezca bien al modelo, mérito principal del trabajo. Soy objetivamente fiel a la imagen que tengo delante. Han sido muchos los bellos anónimos que han frecuentado mi estudio. Bellos con pretensiones de sacar un rédito a su belleza, como actores o modelos publicitarios.

- Hay que empezar por lo más bajo, como mero figurante en alguna producción teatral, y yo puedo recomendarte. Entre tanto, ¿dejas que te haga un retrato?

El bello anónimo se prestaba con mucho gusto, y yo hacía de su efigie una viñeta –a línea– periodística o publicitaria que pudiera ser un cartel. Una suerte de resumen plástico de sus características más notables, que, a mi juicio y al de otros compañeros, daba por conseguidos.

Al final, el mozo miraba el dibujo y no decía nada por cortesía, pero se encontraba desfavorecido, con una idea hiperbólica de sí mismo. Ni el propio George Washington se encontraba suficientemente agraciado en los billetes de dólar. Esto le ocurre a muchas personas normales e incluso feas, que se encuentran afeadas al máximo y lo toman como un agravio intencionado. Se encuentran más feas «de lo debido».

Siento mucho no tener el don de embellecer al retratado como el impresionista Renoir, en cuyo cuadro histórico de «El Baile en el Molino de la Galette» todo el mundo es joven y guapo, alegre y atractivo. Renoir se hizo famoso pintando bellas damas de alto rango y lujosamente vestidas. Le llovieron los encargos y se hizo rico, mantuvo una numerosa familia de artistas que embellecieron la realidad, como su hijo Jean, el eminente director de cine.

Hay artistas que no pueden ver más de lo que tienen delante y son espejos fieles de una realidad que siempre disgusta al retratado: - «Éste no soy yo». Pero sí lo es, y él no se ve como se ve por dentro y públicamente abomina de su retrato, a pesar del asentimiento de muchos observadores. - «¡Pero, si te pareces mucho!» No hay quien lo convenza. «¿Quién se habrá creído que es, la maja de Goya?» El pintor inglés Francis Bacon escapaba de los amigos a quienes había hecho un retrato para no sufrir sus reproches, que tanto le humillaban.

El caso del eminente pintor manchego Gregorio Prieto es para contarlo con detalle. Gregorio, gran amigo de Lorca y de Cernuda, fue de joven un mozo muy apuesto, con cara de santico barroco, paleto y guapo. Un ángel, un torero. El cineasta danés Dreyer –el director de «Juana de Arco»– le propuso hacer una película con él. Era, pues, como para «tenérselo creído». Pero se cambia mucho con los años... Su cara de santico paleto y guapo se desvaneció y él creyó mejorar de aspecto dejándose crecer una barbota algo mefistofélica y un bigotillo corto un tanto hitleriano. El resultado no era agradable, sino raro. Su cara de torta, con aquellos aditamentos era casi grotesca. La de «un muñeco malo». En aquella etapa quise hacerle un retrato. Cuando lo vio se sintió gravemente agredido, insultado. - «Te quiero pagar esta atención con otro retrato, que regalaré al Ayuntamiento de Valdepeñas, porque también tú eres hijo preclaro de la ciudad».

Y, un día, se puso a garrapatear desaforadamente, con pinturas al pastel y al óleo. Tardó como tres días, luchando con la imagen y, finalmente, me la presentó. Me vi convertido en el mismo demonio. No se la puede juzgar como pintura al óleo, sino como «pintura al odio». Un rostro que asustaría a cualquiera y un acto de venganza profesional.

- «Yo seré feo, pero tú eres horrible, abominable». El Ayuntamiento lo aceptó, algo estupefacto, y lo colgó de sus paredes. Y, en la actualidad, ha desaparecido «por desagradable». ¿Dónde estará ahora, a dónde habrá ido a parar? No vale la pena de conservar ese retrato de un hijo predilecto de aquel pueblo famoso, un ser demonizado al extremo, y de una fealdad que hace apartar la vista, horrorizado. Como a cualquier ser vulgar, se me puede reprochar –y con razón– que me creo mejor de lo que soy. Vengan testigos a confirmar esta realidad artera y vengativa. El cuadro malo de un pintor famoso no se destruye nunca. Así que para siempre estoy condenado. En mala hora me dediqué a hacer retratos.