Europa, capital Lisboa

No veo a los cien mil españoles acampados en Lisboa muy ansiosos por volver antes de que cierren los colegios electorales. Puestos a elegir hoy entre la Eurocopa o la Eurocámara, queda poco margen para la reflexión. Tampoco parece que Valenciano y Cañete hayan logrado inflamar de europeísmo el pecho de los votantes. Tal vez hablaron demasiado de mujeres y poco de fútbol. Debieron, al menos, haber exprimido algunas metáforas clásicas del género, con invocaciones a la épica colectiva, al trabajo en equipo y a la lucha sin cuartel hasta el pitido final. Decir, por ejemplo: «Sin Europa no hay Champions». Ahí le habrían dado. O también: «La Copa se juega en Bruselas». Y así.

Pero es de temer que las urnas de mañana no se llenen como hoy el estadio lisboeta. Quedarán más vacías que otras veces, si se cumplen los pronósticos que sitúan la abstención en un 60%. La Europa política, esa es la verdad, interesa bastante poco a los españoles, el 70% de los cuales ignora que el presidente de la Comisión es un paisano de Cristiano Ronaldo. Más revelador es que el 44% juzgue de escasa utilidad los comicios de mañana, que son los primeros europeos desde que estallara la crisis. ¿Es grave? No, es comprensible. En realidad, los españoles estamos persuadidos de que Europa es Alemania y lo demás son pasatiempos de burócratas. Lo viene a confirmar el barómetro del Instituto Elcano publicado anteayer, según el cual el 47% de los españoles es más germanófilo que la Puerta de Brandenburgo y tiene a esta nación como la más admirable de todas. Por algo será que 25.500 de nuestros jóvenes la han elegido en los últimos cuatro años como segunda patria. Hasta los separatistas catalanes sueñan con ser bávaros, lo que sólo ha logrado Guardiola. Más que una rendida admiración por su sentido práctico y su eficiencia, que también, lo que nos empuja hacia los alemanes es el temor reverencial al que tiene la sartén por el mango. Ya hemos asumido que si hemos de ser rescatados, será el Bundesbank quien lo ordene. Si hay que bajar los salarios, aplazar la jubilación, congelar las pensiones, reducir el déficit a uña de caballo y sacudir las alfombras bancarias es porque Berlín lo exige de forma muy convincente. A nosotros lo que de verdad nos encantaría, casi tanto como ganar al Bayern en Munich, es votar en las elecciones alemanas sin pasar por el aburrido trámite de Bruselas. Así que abreviemos el trance y votemos todos a los próximos inquilinos del Reichstag. Desde luego, nada gustaría tanto a Elena Valenciano como hacer campaña contra Merkel por machista.