Flancos de la justicia

La Razón
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Por más que se repita, no me acostumbro a que el confusionismo sea una de las consecuencias habituales de la acción de la Justicia. Es corriente que en demasiadas ocasiones no se diferencie a los malos de los que no lo son; que se entremezcle a los investigados con los que no lo están, calumnia que algo queda; que se produzca precipitación sin pensar en el daño causado a los que la padecen; que el delito de la vulneración del secreto del sumario sea moneda común en las instrucciones judiciales.

Viene esto a cuento por lo ocurrido en el último «affaire» de corrupción, la «operación Lezo» en la que hemos comprobado cómo se pueden agrupar todas esas circunstancias, perfectamente evitables si se meditara acerca de los efectos devastadores, individuales, profesionales y sociales.

Lo escribo desde la convicción de que hay pasos dados fácilmente soslayables, que con poner un poco de diligencia y sentido común, se desvelan innecesarios y «lo innecesario siempre es inútil». Estoy convencido de que algunas imputaciones eran sorteables, al igual que la implicación de otros si les afecta tan sólo lo propagado.

Pienso que urge modificar estos hábitos impropios de una democracia desarrollada. Por no hablar de la demora en la impartición de la Justicia, incluso hasta dejar de serlo. Así es la vida.