Genio y figura

La Razón
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Bastantes madridistas se mondan con las ocurrencias de Guti, que reparte gracietas a diestro y siniestro, siempre con los rivales de su equipo en el objetivo de la chanza. Los culés, muchos, se refocilan con las barbaridades de Stoichkov cuando apunta al Madrid. Piqué juega en una liga diferente; sus puyazos alimentan la rivalidad de este inagotable puente aéreo futbolístico, y sus opiniones en el extrarradio de la pelota están abiertas a tantas interpretaciones que no dejan a nadie indiferente. Nunca ha dicho que quiere una Cataluña independiente; sí que es favorable a que la gente exprese su opinión en las urnas. O sea, que es partidario de ese referéndum que no admiten los partidos constitucionalistas y por el que incumplen la ley, que debería ser igual para todos los españoles, los nacionalistas, que piensan que el Valle de Arán es orégano.

Piqué podía haberse ahorrado algunas expresiones que, en tiempos en que LaLiga apuesta sin ambages por erradicar la violencia de los estadios de fútbol, despiertan odio cerval entre quienes defienden otros colores. Y le pitan, en muchos campos por ese cóctel explosivo que forman la rivalidad extrema y la política.

El fútbol es materia inflamable, sensible, que hay que mimar como a la flor del azafrán, y a Piqué en ocasiones se le va la mano. Lo reconoce. Con algunas de sus opiniones se puede estar de acuerdo o no, discutirlas incluso; pero hay una que no le favorece. Al ser preguntado por los pitos al Rey y al Himno en la final de Copa, respondió que la gente es muy libre de expresarse. Se equivoca en este capítulo. La mala educación no es un derecho y el respeto por los símbolos, en cambio, sí es una obligación. Piqué no es capitán del Barça porque sus compañeros no le han elegido, pero sus opiniones son atendidas, para bien o para mal, y no hubiese estado de más que frenara el ímpetu de groseros y gamberros con una declaración de principios, que los tiene. Es su déficit.