Heredera de una dinastía

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La demostración de fuerza que Susana Díaz hizo en Madrid anteayer fue del todo avasalladora pero posiblemente, excusarán el atrevimiento, de dudosa eficacia. El censo que dilucidará su combate contra Pedro Sánchez está airado, por no escribir encabronado, y seguramente hayan coadyuvado a su enfado los anteriores secretarios generales, que le dieron al acto un aire dinástico fácilmente rechazable desde la almena de la demagogia a la que ha trepado su contrincante. (Un malévolo analista se asombraba por la ausencia de Manolo Chaves y Pepe Griñán, que presidieron el PSOE y además fueron sus mentores.) ¿Qué representa Rubalcaba sino el permanente pasteleo con la odiada derecha? Pero con ser arriesgada, se trata de la única estrategia posible. Que la apabullante exhibición de músculo orgánico de Ifema fue un espectáculo meramente mercadotécnico lo demuestra el hecho de que la candidata estaba avalada al alimón por Felipe y por Zapatero, presidentes del Gobierno en su día bajo las mismas siglas, pero hoy afanados como empleado de Carlos Slim el uno y como blanqueador internacional de Nicolás Maduro el otro. Un huevo y una castaña, o sea. Poca coherencia ideológica emana de semejante padrinazgo, desde luego, pero lo importante era la rotundidad de la foto, la transportación sentimental, la regresión nostálgica a los años en los que el socialismo mandaba en España y blasonaba de ser la «casa común de la izquierda», condición que ahora se le discute. La respuesta será el 21 de mayo, según todos los indicios, por tratarse del único domingo libre, emparedado como está entre San Isidro y El Rocío: dos festividades religiosas determinan el calendario de un partido que hace bandera de su laicidad. La vida, a veces, nos regala paradojas la mar de graciosas.