Hoguera expiatoria

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Hay personas que no acaban de acomodarse al espíritu de la época. Por motivos naturales, se trata de un fenómeno más común en la tercera edad, qué se le va a hacer. Hay administraciones que tampoco llevan bien eso de ir al paso de los tiempos, siendo además organizaciones que, aparte de en la tercera edad, parecen instaladas en un especie de precámbrica tercera fase. Mucho hablarse de la era digital, de las redes, del «big data» y de la nube, y resulta que la Junta no deja de empantanarse entre montañas y montañas de papeles. A falta de referentes cibernéticos, están entre cientos, miles, decenas de miles y millones los papeles que aún andan pordioseando los grupos parlamentarios en busca de una llama, esa llama, que alumbre los resultados de la comisión parlamentaria a cargo de la investigación de la formación. Claro que, para llamas, las llamaradas que prendieron otro número ignoto de papeles con el membrete de la Junta de Andalucía. Sucedió hace una semana, en un descampado a las afueras de Sevilla. De un vehículo del Gobierno andaluz fue advertido alguien quemando documentos. Como es completamente descartable que el empleado público en cuestión estuviese ensayando ejercicios de física & química, descartando la presencia del flogisto en la combustión papelera, un ciudadano ni siquiera iniciado se preguntaría que qué demonios hacía el funcionario usando el fuego como método de reciclaje en una localización remota de la periferia urbana. La cuestión ha levantado polvareda. No es para menos. La presidenta, Susana Díaz, fue interpelada en el Parlamento. «No está bien quemar papeles o folletos de la Junta», admitió, descargando la responsabilidad en un cualquiera. Fue la hoguera expiatoria.

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