Homo sovieticus

La Razón
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De repente, los marcianos. Estamos a ver si Bruselas se convierte definitivamente en la capital y aparecen éstos, que quieren la república independiente de su casa. Y encima, comunista. Seguir las negociaciones de Juntos por el Sí y la CUP es repetir la moviola de la caída del Muro, pero al revés. Volver a la prehistoria contemporánea, a 1917, a Fourier, a los falansterios, yo qué sé...Exigen la ruptura inmediata con España, la desobediencia a las leyes y la colectivización, la ruptura con la UE. Una región tan poblada y poderosa como Cataluña está en manos de un puñado de insensatos y al borde del desgobierno. En quince días, los de Antonio Baños han sugerido sucesivamente que gobierne la Generalitat un «grupo de presidentes»; Artur Mas sin poderes, de «forma simbólica» o «una mujer» (así, al albur, por lo del sexo). Como en el cole, cuando votábamos delegado de clase. De verdad que España no deja de darme pena. Esta semana ha salido Premio Nobel de Literatura una periodista bielorrusa, destacada por retratar lo que ella llama el «homo sovieticus». Svetlana Alexievich lleva una vida recogiendo las biografías de esa gente triste, llena de temores, cuya existencia estaba alfombrada de rutinas miserables (colas en los establecimientos, aclamaciones al líder, noticias de deportaciones) y que consideraba normal estar enjaulado en su propio país, captar clandestinamente la radio internacional o asombrarse cuando tenía ocasión de ver una naranja o un plátano. «El comunismo –escribe– tenía un proyecto insensato: rehacer al hombre viejo, el antiguo Adán...Y le salió bien...quizá fue la única cosa que le salió bien. En el espacio de sesenta años y pico, en el laboratorio del marxismo-leninismo, crearon una suerte de hombre particular». En su casa, en Bielorrusia, siguen sin perdonarle que denuncie que ese «homo» fuese incapaz de ser libre. El régimen de Lukashenko tiene vetada la aparición pública de la escritora en Minsk. «Nos estamos despidiendo de la época soviética», precisa la autora para explicar que su obra consiste en esa despedida, en esa taxonomía. Y en este contexto, en el sur de Europa, en la Costa Brava, salen unos que quieren un campamento para experimentar de nuevo la revolución. Particularmente, creo que hay que defenderse de esto. Con las leyes y la cultura, con la Historia y los viajes, que vaya Svetlana, invitada por el Gobierno español, a explicarles a Antonio Baños y Anna Gabriel o Josep Manel Busqueta qué significa volver a la autarquía de Franco, el aislamiento intelectual, el trueque, la vida asamblearia. Que les hablen de tantos intentos vanos de crear sociedades perfectas, del yugo que se abate cuando te saltas la Ley, la única fuerza del pobre. Porque el virus se expande entretanto y ya está en Valencia, donde el viernes hubo convocatoria a favor de la «soberanía valenciana» y bajo el leitmotiv: «Valencia da más de lo que recibe».