Imaginario vaticano

Gracias Santidad por esta audiencia especial de casi una hora; bien sabe que Roma tiene para mí un significado especial; fui bautizado no muy lejos de aquí, en la Via Condotti, donde se ubica el Palacio Magistral de la Orden de Malta, por el entonces Cardenal Eugenio Pacelli , futuro Pío XII, el 6 de enero de 1938. En aquellos difíciles años, una cruel guerra civil desgarraba España y ya se dibujaba en el horizonte de la historia europea el drama de la Segunda Guerra Mundial. Poco imaginaban mis padres, no solo que recuperaría el trono, sino que hasta tendría tiempo de abdicar, tras casi cuarenta años de reinado; no ha sido muy frecuente en nuestra historia que sus dirigentes mueran en la cama o que tengan la oportunidad de encontrar un Yuste como Carlos V».

«Tampoco mis papás imaginaron que yo llegaría a ocupar la silla de San Pedro, Majestad; pero, ¿qué le parece si nos dejamos de tratamientos y nos llamamos simplemente Francisco y Juan Carlos ya que tenemos la suerte de tener el castellano como lengua materna?; tengo referencias claras sobre su proximidad y campechanía».

De acuerdo, Francisco. Los dos somos tributarios, por una parte, de nuestras responsabilidades, de nuestras imágenes públicas, de lo que representamos, pero por otra no podemos ocultar que bajo una corona o dentro de una sotana hay un ser humano con sus limitaciones, sus errores; y que además tiene familia y amigos que acarrean los suyos. ¡Qué te voy a contar! Por supuesto, también dan alegrías; pero los hijos también me han dado problemas; y pronto empezaré –Dios no lo quiera– con los nietos. Tú sabes que casé a mi segunda hija con un conocido deportista que unía las virtudes de ser vasco y jugar en el Barcelona.

¿Con Messi?

No. En el equipo de balonmano del mismo club. Lo tenía todo. Hubiera sido un magnífico presidente del COI o de una federación internacional, pero fue arrastrado por no sé qué ambiciones, por aduladores profesionales o simplemente por pillos. No. Si no es mala gente. Pero me –nos– ha hecho mucho daño. Y hablo de hijos y nietos de mi propia sangre. ¿Qué hago, Francisco?

Bueno. Yo también arrastro mis demonios familiares. Más de un mal intencionado ha querido involucrarme con la política represiva de las Juntas Militares argentinas como «colaboracionista necesario». Nunca es fácil navegar en aguas turbias cuando no sabemos quién las agita. ¿Mis hijos de la Iglesia? Ya has visto cómo un prelado alemán se ha construido un cinco estrellas como sede; cómo otro que ha colgado los hábitos se ha metido en política mientras nos «regala» hijos naturales suyos en sacristías, bancos de alimentos o alejadas misiones. ¿Qué te cuento de los pederastas? ¡Te imaginas el daño que han podido hacer sobre el sector mas débil de la Iglesia como son los niños, abusando de su condición y confianza! Hay días en que sueño verme en la Biblioteca vaticana rodeado de libros prohibidos de la Inquisición en los que se relatan quemas en la hoguera de proscritos. ¡Perdón! ¡Que Dios me perdone!

No. Si te comprendo, Francisco. También he tenido pensamientos semejantes. Hoy le doy muchas vueltas a vuestra solución. ¿Cómo acordó la Iglesia el relevo del Papa, cuando prácticamente nunca se había hecho así?

No lo sé, Juan Carlos. A mí también me sorprendió, y sin tiempo para preguntar o reaccionar , me vi vestido de blanco asomado a un balcón del Vaticano ante una multitud de gentes que me aclamaban. ¡Menos mal que conservaba el italiano de mis antepasados y salí del paso! Luego, todo ha sido más sencillo de lo que imaginaba. También tu sorprenderás si tomas una decisión como la que tomó Benedicto XVI. Y lo tienes más fácil que nosotros.

Me siento cansado, Francisco. Hago esfuerzos para aguantar el tipo, pero me canso. Sabes que estoy muy próximo a las gentes de armas; por Constitución soy el jefe de las Fuerzas Armadas y en muchos sentidos –disciplina, valores, responsabilidad– me siento un soldado. La última vez que me reuní con ellos fue a primeros de enero con motivo de la Pascua Militar. También era mi día de cumpleaños. Forcé a los médicos que me habían operado una vez más de la cadera a tenerme en condiciones; no sé si me atiborraron de pastillas o el cansancio se apoderó de mí. Lo pasé mal y comencé a pensar. No. ¡Si ellos lo asumieron disciplinados y leales! El que se sintió mal fui yo. Ante ellos no puedo aparecer en debilidad.

¿Secreto de confesión, Francisco? ¡Secreto de confesión Juan Carlos! ¡Llámame si me necesitas!

Palacio de la Zarzuela, lunes 2 de junio de 2014, 10:30 horas. ¿Qué ayudante está hoy de servicio? «Antonio: ponme con el Vaticano; personal para el Papa Francisco». «Sí, a mi despacho».