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La aventura

Este era el título de una famosa película de Michelangelo Antonioni con Lea Masari y Monica Vitti. Pero hoy no voy a escribir de cine, sino de la visita de Francisco a Myanmar y Bangladesh que acaba apenas de comenzar.

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El título de este artículo me lo ha sugerido el Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, que al presentarla a los periodistas afirmó: «Más que de un viaje se trata de una aventura». Y le sobraba razón. Cada vez que el Papa abandona las tranquilas (¿al cien por cien?) fronteras del Vaticano se encienden las alertas de los servicios de inteligencia de medio mundo porque la seguridad del Pontífice interesa no sólo a la Guardia Suiza o a la Gendarmería Vaticana ( conectada con Interpol).

Esta vez, además, Bergoglio se dirige a dos países de Asia que no son precisamente océanos de seguridad. Myanmar ha sido escenario los últimos meses de un éxodo de proporciones bíblicas por parte de los rohingya, una minoría musulmana maltratada y perseguida con una saña que ha indignado a toda la comunidad internacional. Bangladesh, por su parte, es un país de aplastante mayoría musulmana donde más de una vez se han producido explosiones de intolerancia.

Pero Francisco no sólo se expone físicamente a un ataque, sino, sobre todo, se aventura en dos países donde la presencia católica es casi simbólica (1,27 % en la antigua Birmania y un 0,24 en Bangladesh). Su misión, como ha repetido varias veces antes de abandonar Roma, es anunciar el Evangelio y proclamar a los cuatro vientos tres propuestas: paz, armonía y amor. Es un mensaje que debería ser escuchado con respeto y simpatía por todos con la excepción de quienes han hecho del odio y de la intolerancia su programa existencial. Y no son pocos.

El Santo Padre va estar fuera de Roma una semana y, como siempre, viaja acompañado por las oraciones de toda la Iglesia y de una buena parte de la humanidad que ve en él una persona que no duda en correr riesgos con tal de cumplir su sagrada misión.

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