La dignidad de mentir

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De Lluis Llach a los dirigentes de la ANC y Omnium Cultural, de Empar Moliner a Anna Gabriel, todos los cabecillas de la revolución de octubre en Cataluña han utilizado la expresión «dignidad» para ensalzar la actitud de «sus presos políticos». «Dignitat» es, según el Diccionari Invers de la Llengua Catalana, el «respect que mereix algú», el respeto que merece una persona. También se refiere a la «cualidad moral por la cual nadie debe rebajarse ni tolerar ofensas» (diccionari.cat). Ahora bien, si la persona «digna» dice que no estaba declarando la independencia cuando declaró la independencia, si añade que está de acuerdo con el 155, si dice que nunca volverá a salirse de la Constitución y le promete al juez que va a ser buena y respeta a España y sus leyes y sus partidos ¿sigue comportándose con «dignitat»? Tengamos en cuenta que nadie la rebaja, es ella solita la que se autocalifica de mentirosa.

Dignidad es uno de esos términos que, a fuerza de sobeteo, ha visto desdibujado su antaño rotundo perfil. Le ha pasado lo mismo que a la palabra «diálogo», que empuñan algunos que proponen «referéndum o referéndum». O «democracia», que corre el riesgo de identificarse con hacer lo que a mí me dé la gana. «Dignidad» es, por ejemplo, término habitual de los que defienden la eutanasia. Se suministran cócteles letales a los enfermos para «garantizarles una muerte digna», o se decreta el fallecimiento de alguien para «respetar su dignidad». En este punto, «dignidad» ha dejado de significar «cualidad moral por la que nadie debe rebajarse», salvo que consideremos que respirar mal, tener problemas de memoria u orinarse encima suponga rebajarse.

Nótese que, en el humanismo cristiano del que venimos, era exactamente al revés. La enfermedad añadía a la persona un plus de respetabilidad, igual que la viudedad, la orfandad, el desamparo, la prisión o la pobreza. En el humanismo cristiano, en efecto, son «dignos» del mejor trato todas las personas golpeadas por la vida. Y es indigno quien les inflige menosprecio.

Yo creo sinceramente que la enfermedad no es indigna. Tampoco el enfermo, nunca. Y las personas que quieren acabar con su propia vida no deben recabar mayor respeto que las que se abandonan al ritmo de la vida y la muerte con confianza. De la misma manera, creo que Carme Forcadell es tan digna antes como después de salir de la cárcel. Lo mismo sus compañeros de la mesa del parlament. Eran dignos cuando entraron a ver al juez y nadie pretende humillarlos ni antes ni después. Lo que son es presuntos delincuentes –a los que hay que tratar con dignidad– y creo que mentirosos. Porque, o fingieron antes que la independencia era seria, y engañaron a sus seguidores independentistas; o mienten ahora a los tribunales cuando la califican de «simbólica». Si la conducta de un cobarde mentiroso es «digna» y «merecedora de respeto», eso lo dejo al arbitrio de los señores independentistas. Cada uno elige lo que venera.