La grandeza de Hernán Cortés

No es fácil sintetizar la dimensión histórica de Hernán Cortés para personas dispuestas a la admiración, pero que, acosadas por las urgencias de hoy, no parecen dispuestas a distraerse con lo que ocurrió ayer o anteayer. Se trata de un hombre nacido en la entraña fronteriza de Extremadura, de padres honrados, que se convirtió en figura de primera magnitud de la generación española «primiceria» del siglo XVI (1505-1530) en la empresa americana de lo que él bautizó como «Nueva España», tras vencer importantes inconvenientes mediante una especial inteligencia y virtud de eficacia, que en aquellos tiempos se denominaba «fortuna». Superó la «res gestae» (el hecho épico) para apuntar al «factum communitatis», consistente en la creación del primer diseño monárquico en tierras americanas, con su sentido predominantemente político, organizador de la convivencia, ordenador de la vida social en un solo cuerpo de orden comunitaria y las cambiantes situaciones que el quehacer de cada día hace enfrentarse a los hombres. Hernán Cortés encarnó el principio del Humanismo español, expresado en la fórmula quijotesca: «Yo sé quién soy y de qué soy capaz». Además, dio cuenta minuciosa del desarrollo de su empresa en el importante y definitivo documento dirigido al rey Carlos I.

Parece importante que el lector aprecie en unos datos el esqueleto de la empresa. Cortés llega a La Española en el año 1504, contando diecinueve años; permanece en la isla hasta 1511, cuando participa y destaca en la conquista de la isla de Cuba, llevada a cabo bajo la capitanía de Diego Velázquez. Allí reside hasta 1518, ocupando cargos administrativos de confianza del gobernador que, aunque carece de autoridad para «poblar», sólo «rescatar» en el continente, patrocina expediciones –Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva, Cristóbal de Olid– que sólo ofrecen datos informativos y posibilidades de comercio. Cortés consigue capitular con Velázquez la Capitanía General y el cargo de Justicia Mayor. Reconocido capitán y armador de diez barcos, de los que siete son de Cortés o fletados por él. Bajo el experto pilotaje de Antón de Alaminos y diez pilotos más, reunió en Santiago de Baracoa quinientos ocho soldados y capitanes, ciento diez marineros, dieciséis caballos, diez cañones de bronce, iniciando la ruta hacia lo desconocido el 18 de noviembre de 1518, cuando ha cumplido veintitrés años. A partir de este momento, destaca genialmente como militar para operar estratégicamente.

Funda en la costa del Golfo de México una base, la Villa Rica de la Vera Cruz (11 de noviembre de 1519), resigna los poderes recibidos del gobernador de Cuba, volviendo a recibirlos del Cabildo de la ciudad-base. Ello provoca división de opiniones y para evitar deserciones hunde los barcos, aislando la «compaña» en la región de Cempoala e iniciando el duro camino hacia Culúa. Derrota al cantón de los tlaxcaltecas y los convierte en aliados; en la ciudad santa de Cholula, donde se daba culto preferente a Quetzalcoatl, descubre una conspiración para destruirlos y explica la razón de su fulminante castigo: «Tales traiciones mandan las leyes reales no queden sin castigo. Por vuestro delito moriréis». Continúa la entrada hasta llegar a la sorprendente ciudad-capital Tenochtitlan, en realidad templo mayor religioso y residencia del «tlacatecutli» (jefe de bravos) Moctecuçoma Xocoyotzin, que recibe a los españoles en la calzada de Itzapalapa, una de las cuatro que dan acceso a Culúa. Como jefe del Estado mexicano alojó a los españoles en un palacio y entabló amistad con Cortés, que se empeñó en enseñarle a jugar al ajedrez. La ciudad, en el lago de Tetzcoco, rodeada de volcanes, fue lugar de encuentro y amistad, desde la entrada (23 de septiembre de 1519) hasta que se produjo la sublevación contra la política de Moctecuçoma de su familiar Cuitlahuac, que convocó el «tlallocan» (consejo), que destituye a Moctecuçoma e inicia la rebelión contra la hueste de Cortés, comenzando la guerra abierta contra los españoles que intentaron salir de Tenochtitlan por la calzada de Tlacopan y sufrieron el gran descalabro la noche del 30 de junio de 1520. La hueste se repuso en Tlaxcallan y fue el comienzo de la operación de conquista, siguiendo el modelo de la de Granada (1492), dejando aislado el peñón de asentamiento del mercado y del poder del nuevo tlacatecutli. Como quedaba sin cerrar el lago de Tetzcoco, donde pululaban cientos de barcas cargadas de guerreros indios, ello impedía el cerco completo de Culúa. Cortés demuestra la importancia de la «logística». Hizo llamar a Martín López, su carpintero de ribera, decidiendo la construcción de trece bergantines para navegar en escuadra de tres o cuatro. Construidos en Tlaxcalla y transportado en piezas a hombros de «tamemes» hasta la orilla del lago, donde fueron botados al agua. Esto fue decisivo para cumplir el cerco y acelerar la caída de Tenochtitlan. La primera victoria fue marítima.