La no resaca

No hay resaca tras la manifestación del domingo contra la derogación de la «doctrina Parot». Las doscientas mil personas que tuvieron el coraje de reunirse para decir en voz alta lo que otras muchas piensan, han vuelto a sus casas con un equipaje un poco más abultado, porque es imposible escuchar los testimonios de las víctimas y no absorber aunque sea por contacto un pedazo de su dolor, pero no hay nada más que puedan hacer; A los políticos que estuvieron al pie del cañón se les agradece el gesto, pero no son precisamente quienes podrían haber evitado el despropósito.

Quienes saben lo que es que te asesinen a un hijo, a un padre, a un amigo se abrazaron y se sintieron acompañados; sin embargo no hay treguas a plazos para quienes padecen el mordisco que deja la soledad del ausente. Todos los informativos le prestaron atención, pero no hay nada tan fugaz como la noticia del día. Hubo suerte hasta con el tiempo, que se portó, pero el tiempo pasa y todo termina convertido en pasado.

Y hoy, la sentencia del Tribunal de Estrasburgo continúa estando ahí; hoy hay asesinos que saben que las puertas están a punto de abrirse; hoy el sentimiento de que los malos han vuelto a apuntarse una victoria sigue siendo una realidad.

La manifestación del domingo se tenía que hacer porque era de ley, aunque la Ley sea la causa de su convocatoria. Lástima que al final el eco de tanta indignación sólo se refleje en unos cuantos titulares y en la sensación de que se ha recurrido al único derecho irrenunciable, que es el de la pataleta. Nada que ver con la fuerza del mar, cuya resaca sí que tiene el envidiable poder de arrastrar la porquería de la orilla para disolverla en sus profundidades. Qué más quisiéramos todos.