La obsesión debe ser el crecimiento

A veces un poco de marxismo –primario, como siempre– ayuda a comprender las cosas. Lo ocurrido el domingo, con el menor respaldo a las opciones de centro y el auge de los extremismos tiene, no cabe duda, muchas explicaciones. Una de ellas es la arquitectura institucional de la Unión, en la que convive una elite tecnócrata, en general eficiente, con un esbozo de democracia parlamentaria en la que la cámara de representación no tiene (gracias a Dios, dirían los Padres Fundadores) el poder que le correspondería en una democracia auténtica. Otra explicación es la indefinición de la Unión, que puede acabar fomentando opciones nacionalistas, demagógicas y racistas –ya sea de izquierdas o de derechas–: en este punto todo vale.

Hay una tercera explicación, menos sofisticada, que merecería ser explorada. Explorada con seriedad, quiero decir. No cabe duda que hemos empezado a salir de la crisis, pero algunas de las economías nacionales de la Unión no crecen, y otras lo hacen con parsimonia. El «tempo» resulta elegante y sumamente europeo (europeo de antes de 1914), pero está por ver el efecto positivo que puede tener que el conjunto de la Unión crezca, según las previsiones de las propias instituciones, un 1,2% este año y un 1,8% en 2015, con el paro en descenso del 12% en 2014 al... 11,7% en 2015.

Desde el domingo, sabemos lo que nos espera con estas cifras. Es necesario, por tanto, poner en marcha políticas que propicien el crecimiento y este, al revés de lo que señalan los populistas y los nacionalistas, que se están convirtiendo en el nuevo rostro del socialismo, son políticas de reforma, de aligeramiento del Estado, de liberalización, de flexibilización. Cierto que estas reformas resultan muy difíciles, políticamente hablando, pero nunca se conseguirán si se continúa repitiendo lo mucho que cuestan y lo dolorosas que resultan. Lo son, pero para unos más que para otros, y eso sin contar con el horizonte de prosperidad que abren. Con las rigideces, los impuestos y las cotizaciones que hoy tenemos que pagar, nadie va a invertir seriamente en Europa, nadie va a contratar de verdad, nadie va a crear las condiciones de la riqueza. Mantener el Estado de bienestar es necesario, pero no de tal forma que arruine a todos. La clave de los años que vienen estará en ver cómo se articula una coalición política para el crecimiento. Lo demás, ya lo conocemos. Y no del domingo, sino de mucho antes, de toda la primera mitad del siglo XX.