La resaca del PSOE

La resaca más amarga afecta de lleno al PSOE, un partido histórico con más de cien años de antigüedad que pasa por una de las peores crisis de su historia. Busca desesperadamente un líder salvador y un proyecto nuevo. Pero, sobre todo, trata de encontrar su lugar en una izquierda alborotada y desvencijada, en la que ha irrumpido con fuerza en las pasadas elecciones un movimiento social, nacido de la protesta ciudadana, entre anarquista, friki, populista y antisistema, que amenaza con llevarse todo por delante, hasta el carrito de la compra. Los socialistas, mientras tanto, no han pasado de una discusión sobre el método. Ninguno de los candidatos al liderazgo que han emergido hasta ahora –Madina, Chacón, Susana Díaz...– pasan de remiendos usados para salir del paso. Se habla de Pedro Sánchez como la única novedad digna de tenerse en cuenta; pero antes tendrá que superar la prueba del algodón. Sería bueno para la consistencia democrática en España la existencia de una fuerza socialdemócrata fuerte y moderna, sin ataduras ni hábitos trasnochados del pasado radical. El tsunami afecta también de lleno a Izquierda Unida, que haría mal en quedar obnubilada por el humo, siempre efímero, del éxito pasajero. Por lo pronto, le están comiendo el terreno. Aparece como una fuerza anticuada, con un líder anticuado y copiando propuestas de la calle que otros más listos han inventado. Además, va a llegar el peligroso tiempo de las alianzas y las componendas. Pronto o tarde, todas las fuerzas de izquierda, como ha ocurrido en Italia, tendrán que sentarse, reconvertirse y seguramente refundirse. Y en terreno de nadie, o sea, a la intemperie, se queda el proyecto, con no pocos elementos atractivos, de Rosa Díez, con su peligrosa vocación bisagrista, siempre tentada por el oportunismo.

En el flanco de la derecha, ni Rajoy ni Artur Mas –tan cercanos y tan lejanos– pueden estar satisfechos. El líder del PP, que acostumbra a salirse con la suya por más dificultades que encuentre en el camino, confía en recuperar el terreno perdido a medida que mejoren la situación económica y el clima social. Es natural que tenga fe en sus fuerzas. Ha ganado el pulso a Zapatero y a Rubalcaba, y dentro de su propio partido, en menor medida, a Aznar, a Jaime Mayor, a Rodrigo Rato, a Bárcenas y a Esperanza Aguirre, entre otros. Ahora, a pesar de todo, ha ganado las elecciones y ha impedido que surja en España una fuerza populista de extrema derecha. Es verdad que tiene detrás el cañamazo de la corrupción, como una pesadilla permanente, y que en el bando conservador ha habido en estas últimas elecciones una deserción en masa. Mucha gente de la derecha, cabreada, se ha negado a votar. Rajoy cree que en gran parte estos votantes son recuperables. Ya veremos. Es verdad que la derecha aparece más unida que la izquierda y las nuevas formaciones, en algún caso fruto de resentimientos personales, no parecen tener mucho recorrido. En el caso de Convergencia i Uniò, tras el zarpazo de ERC, la resaca es especialmente amarga. Se expone al desbarajuste. Cunde la impresión de que Oriol Junqueras se ha llevado a Artur Mas al huerto y que éste no encuentra la salida.