La segunda muerte de Adolfo Suárez

Es un lugar común recordar que la Constitución estadounidense es la decana de las escritas existentes gracias a sus enmiendas recibidas. La nuestra de 1978 (36 años) apenas ha sido maquillada en una coma o una preposición por el temor a un proceso constituyente, y mal que nos pese el edificio precisa reformas. Pero olvidamos (o no habíamos nacido) que nuestra máxima legalidad es también un compendio de virtudes: es la más democrática y social de las que hemos tenido, incluyendo la mitificada de Cádiz y la de Cánovas del Castillo, y es la única que nos hemos dado por consenso y refrendada por un referéndum nacional. Adolfo Suárez tuvo que empezar políticamente de cero, como en su vida personal en la que tuvo que acarrear maletas, y los consensos que logró están siendo sustituidos en la hora de su sepelio por los más abyectos sectarismos. En su agonía, las legítimas manifestaciones de Madrid eran violadas por nihilistas, ácratas, chavistas, castristas o independentistas hasta de sí mismos. Que ERC quiera la independencia catalana es consuetudinario porque ya la proclamaron unilateralmente dos veces el siglo pasado, pero que la derecha rancia, la burguesía catalanista quiera saltar por encima de la Constitución, como si España no existiera, para erigir una republiqueta imperialista, es tan surrealista como los relojes blandos de Dalí, que, por cierto, era franquista. Quizá tuviera razón Ortega y Gasset cuando replicando a Manuel Azaña en las Cortes de 1931 afirmó, melancólico, que el llamado problema catalán no tenía solución, ni con Estatuto ni sin él. Las sugerencias de construir un Estado federal son subnormales (ya lo somos de jure) y no aspiran a una reforma constitucional sino a su sustitución por un texto republicano, bálsamo de fierabrás de los males que nos afligen. Pese a las hagiografías Suárez tenía sus falencias pero no se le conoce un desmayo en el grosero sectarismo, hoy rampante y que le da su segunda muerte haciendo imposible cualquier consenso.