La vida sagrada

Cuando José cayó en la cuenta de que la muchacha con la que estaba esposado o prometido esperaba un hijo, decidió repudiarla, aunque lo haría en secreto porque, según dice Mateo en su Evangelio, José era un «hombre justo». El Señor le hizo saber en un sueño que aquel hijo no era de un varón, sino que «venía del Espíritu Santo». No hubo repudio y al Niño que nació hace más de dos mil años, le pusieron por nombre Jesús.

En la concepción y en la venida al mundo de Jesús, los cristianos postulamos una intervención divina, a la que el propio Jesús se referirá en repetidas ocasiones. Ahora bien, uno de los nombres que utiliza cuando se refiere a sí mismo en acción, se podría decir, es el de «Hijo del Hombre», es decir «hombre», «ser humano». En su doble naturaleza, Jesús encarna una paradoja. Dios se hace ser humano y conocerá el sufrimiento que somos capaces de infligirnos los unos a los otros. Al mismo tiempo, con su presencia entre nosotros queda restaurada de forma tangible la dimensión divina de los seres humanos, aquello que el «Génesis» expresa cuando dice que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza.

Dios es una entidad que en más de un sentido nos es completamente ajena. El propio Jesús nos resulta inconcebible en su bondad absoluta. Como tal su presencia en el mundo es un milagro permanente. Desde entonces, sin embargo, no podemos ya negar lo que en la naturaleza del ser humano hay de sagrado, con independencia de la filiación, del género, de la nacionalidad o de cualquier otra dimensión.

Los cristianos no inventaron la sacralidad de la vida humana. El propio Jesús cita la frase del «Levítico» («Amarás al prójimo como a ti mismo», Marcos 12, 31 y Levítico 19,18) como el resumen de todas sus enseñanzas: el judaísmo ya había situado esta cuestión en el centro de su reflexión y su ética. En la antigua China, el maestro Confucio, sin fundar una religión tal como la concebimos nosotros, había realizado un gesto similar al pronunciar palabras muy parecidas («Analectas» XV, 24). La novedad del cristianismo viene de la experiencia viva de la que se deduce esa afirmación. José era un hombre justo porque conocía y cumplía la Ley. A partir de su aceptación del mandato divino y del nacimiento de Jesús, lo será, además, de una forma nueva: la Ley se ha humanizado, en sentido literal, y la vida ha quedado consagrada.