Las dudas

La Razón
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Jean Buridán era un filósofo francés que planteaba que, entre dos opciones, no resulta fácil, pero sí obligado, elegir siempre el bien más grande. Sus críticos simbolizaron esa filosofía en el famoso dilema conocido como «El asno de Buridán», una fábula que narra las penurias de un pobre jumento que tenía a un lado un buen cubo de avena y al otro, uno de agua. Sin embargo, el borriquito no lograba determinar si tenía más hambre o más sed, con lo que acabó muriendo de inanición y de deshidratación. Pero sobre todo «de dudas».

Dicen que las próximas elecciones las decidirá con sus votos un grupo de centenares de miles de mujeres desempleadas y/o indecisas. También hay hombres de voto irresoluto, pero las mujeres inseguras a la hora de votar les superan ampliamente en número. Las dudas han aumentado tanto que las personas dubitativas forman ahora lo que pudiera ser una opción política propia. La idea es atractiva: todos esos votantes juntos podrían crear su propio bando, el Partido del Perpetuo Dilema. «¿Qué hacer?, ¿ir para la izquierda, derecha, centro..., o por la calle de en medio? ¿Por qué elegir una cosa u otra? ¿Qué más da? ¿Por qué obligarse a tomar decisiones que, en realidad, no se quieren pensar...?». Forzar una resolución siempre conlleva consecuencias. A veces, indeseables.

O sea, que en las próximas elecciones será decisivo el sector de la zozobra estructural, no sólo política, sino también existencial. Un segmento de la población corroído por la vacilación, la perplejidad, el titubeo social, el estupor público. Casi un canto al pasmo en unos tiempos en los que, de todas formas, nadie se aclara realmente, excepto quizás los muy devotos del seguidismo político, incondicionales, parroquianos, ingenuos, clientes, idealistas, secuaces, fans...

Hamlet era un tipo refinado, aunque incapaz de guiarse con firmeza en el camino proceloso de la existencia. No sabía si ser o no ser, si estar bien o echarse en brazos del malestar. Intuía que confiar es un trabajo utilitario: el que realiza el adepto, la ferviente adoradora de Justin Bieber, el muy cafetero. No todo el mundo es decidido ni está tan convencido. Por fortuna, las dudas, madres de la filosofía, proliferan. El porcentaje de las mujeres indecisas se ha disparado a más del 21%. Lógico. En estos tiempos bochornosos y confusos es fácil sentirse como Hamlet subido a lomos del asno de Buridán: so y arre a la vez, ni «pa’lante» ni «pa’trás».