Las tres negaciones de la Otan

La Razón
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Pedro antes de ser santo negó tres veces al Señor. Luego se arrepintió y fue nombrado algo así como patrón mayor de los pescadores de hombres. Muchos siglos después hemos visto como la OTAN –que creo conocer pues en ella he estado destinado seis años como Almirante– se ha negado últimamente así misma dos veces. Quisiera dejar aquí mi humilde contribución para tratar de evitar que esto vuelva a pasar de nuevo, pues no sé si la Historia –menos caritativa probablemente que Jesús– nos perdonaría una tercera traición. Traición a los principios en que se basa esta Organización.

La OTAN se fundó cuando EE UU, que había intervenido –ciertamente tarde– en dos guerras mundiales para evitar que toda Europa quedase bajo un poder hegemónico, comprobó que la Unión Soviética pretendía dominar la península euroasiática. Cuando acabo la II Guerra Mundial, Europa ya no era el centro del mundo, pero la potencia que la dominase si sería el líder universal. Además la ideología –el paradigma de la igualdad contra el de la libertad– añadía acritud al enfrentamiento.

Súbitamente, en 1990, se derrumba el mito de la igualdad entre los hombres que solo se puede imponer aplanando por abajo pues la excelencia, por definición, está al alcance de unos pocos. EE UU quedan como líder solitario, militar e ideológicamente, durante diez cortos años pero súbitamente –el 11 de septiembre del 2001– el mundo descubre que no son omnipotentes. El secretario general de la OTAN, el escocés George Robertson, consciente de la trascendencia de la coyuntura, logra que se declare el artículo 5: un ataque contra uno es un ataque contra todos ¿Y qué pasa? Pues básicamente nada: mandamos unos pocos aviones de vigilancia aérea y unos suministros a EE UU y montamos una modesta operación marítima antiterrorista ¡en el Mediterráneo!

Esta primera negación de la OTAN se confirma inmediatamente cuando el Presidente Bush prefiere combatir a Al Qaeda/talibanes –y luego a todo «el eje del mal» islamista– organizando una coalición ad hoc. Negación de que la OTAN sirva para ayudar a uno de sus miembros heridos, y no precisamente uno cualquiera, sino el que inspira a los demás, la nación guía de la Organización. En mi símil, los EEUU (=Pedro) reniegan por primera vez de la OTAN (=Jesús).

Pasan los años tratando todos –básicamente en Afganistán– de enmendar esta negación de la OTAN, buscando una misión que tenga sentido político para norteamericanos y europeos. De repente surge la Primavera árabe, revueltas que tratan de liberarse de los regímenes autocráticos que sufrían ciertas naciones musulmanas. Pero esto coge a EE UU –y aún más a su presidente Obama– cansados de dirigir un mundo por ellos diseñado y deciden empezar a «liderar desde atrás». Es decir –en plata– a no dar la cara. La situación actual de Siria/Irak y Libia son los resultados más sangrantes de esa política. Pero además, es que en Libia, en el 2011, la estructura de mando militar de la OTAN se pone al servicio de otra coalición organizada apresuradamente. Vamos que se «alquila” –segunda negación– a un cuerpo político diferente del Consejo Atlántico. Unos ejércitos sin mando político son como un pollo sin cabeza que puede correr algunos metros pero no se sabe dónde caerá muerto. Los adversarios evolucionan en sus objetivos y los fines políticos propios también deben adaptarse. Un ejército que se alquila es sinónimo de una prostitución política. Así está Libia hoy.

Y llegamos aquí al objeto de estas melancólicas líneas: evitar una tercera negación de la OTAN así misma, que podría resultar fatal para la Alianza.

La profunda incomodidad de Rusia con la expansión hacia el Este de UE/OTAN se ha materializado en acciones en Georgia, Moldavia y sobre todo en Ucrania. Estas ofensivas militares y propagandísticas no han seguido pautas clásicas. Las unidades militares rusas que han actuado en Crimea y las que operan en este momento en el Este de Ucrania tratan de despojarse de su identidad para dificultar respuestas que adopten la forma de conflicto armado convencional según el Derecho internacional consuetudinario. Se acompañan también de un apoyo propagandístico que disfraza el intento de secesión/anexión como una protección de los derechos humanos de una minoría ruso parlante. El artículo 5 de la OTAN no está redactado para contrarrestar este tipo de agresiones. Nadie sabe por ejemplo si un ciberataque contra una república báltica simultáneo con unos desordenes violentos de grupos filo rusos –inducidos desde fuera– serían suficiente para desencadenar una respuesta militar clásica de la OTAN.

Pero a la vista de las previas negaciones –y antes de que cante el gallo por tercera vez– más nos valdría que la OTAN actualizase su artículo 5 –la piedra angular de la Alianza– ante las amenazas híbridas acompañadas de alusiones nucleares que soplan desde el Kremlin.

EE UU por cuarta vez en los últimos cien años tienen que preocuparse por lo que pueda pasar en Europa. Para eso la OTAN ya está inventada. Pero habría que actualizarla.