Llanto en el Partenón

Que Grecia abandone la Unión no es un fracaso para Atenas, es un golpe mortal para nosotros. En Bruselas y en Berlín se habla abiertamente de ello y se esgrime el argumento económico: las deudas han de pagarse, no pueden los griegos solicitar ayuda y después lavarse las manos. Sólo en España deben 25.000 millones de euros. La Grecia que engañaba en sus cuentas a la UE, que multiplicaba funcionarios y subvenciones y se hacía más y más improductiva, les hincha las narices a los del norte. Pero es irresponsable reducir el proyecto de Adenauer, De Gasperi y Monet al mercado común. La Ceca, el embrión de la CEE, nació como el proyecto de paz de un grupo de amigos destrozados por las guerras mundiales que, amándose y sabiéndose cercanos y parecidos, quisieron exorcizar nuevos peligros y se dijeron: «¿Nos matábamos –entre otras manías históricas– por el carbón y el acero? ¡Pues pondremos en común ambas cosas!» Desde entonces hemos conseguido unificar desde el derecho hasta la moneda, desde las comunicaciones hasta las fronteras. Europa es algo más que un mundo de clima más o menos templado, con coníferas abundantes y población caucásica. Es toparse con iglesias románicas o bizantinas, catedrales góticas, calzadas romanas, templos clásicos, lenguas hermanas o primas del latín y el griego, romances, sinfonías, novelas y dramas ancestrales. En todos los países, desde Islandia hasta el Mediterráneo, una línea traza la conexión entre el concepto griego de persona, la lex romana, la hermandad universal cristiana y la separación iglesia-Estado de la Ilustración. Así que en este camino no ha de quedarse nadie fuera, porque se perderían fuerzas y talento. Con el tiempo han de volver todos a la casa común, desde finlandeses a letones, pasando por croatas y ucranianos. Es absurdo que nos falte Atenas, monstruoso. Desde el evangelio de San Juan, que se inaugura con el «logos», la palabra, la razón; hasta nuestro concepto de belleza, que sigue siendo el de Fidias, pensamos y gustamos en griego. En su desesperación por unos sueldos míseros, por los despidos y las deudas, millones de compatriotas europeos votarán hoy a Syriza. ¿Qué sentido tiene abandonar el único proyecto que responde a nuestras raíces? ¿Qué solución es aislar el Partenón y reducirlo al emblema marchito de un pueblo autárquico de pescadores, un balneario solar para turistas? Grecia se merece ser fuerte en el mundo con sus hermanos. Podemos perder mucho hoy. No es sólo cosa de dinero, es asunto del alma. Si gana Syriza, me pongo los coturnos, cojo la máscara trágica y entono un Kyrie Eleison.