Los bares

«Bares, qué lugares tan gratos para conversar», cantaban los Gabinete Caligari en una inolvidable canción que ya es un clásico, «no hay como el calor del amor en un bar». Cierto. Al calor de los bares –de Madrid y, en general, de toda España–, ha germinado el amor, el compañerismo y hasta la revolución de andar por el instituto; la resaca que conduce a la virtud del día siguiente; el ideal metafísico del «dolce far niente»... La supradicha voluntad de vivir aunque caigan chuzos con púas. El bar atrapa a sus clientes en una intimidad pública que tiene algo romántico y espanta a la soledad, que posee el don de la amistad exultante, de la hermandad en medio del espacio infinito y de la desamparada existencia humana. (Y no me refiero únicamente a que pimplar a solas en una esquina de la barra sea menos infeliz que hacerlo amargado en casa). El español puede que no tenga para pagar la gasolina pero para ir al bar nunca ha adolecido de demasiada renuncia ascética. Los bares: mejores que Eurovegas. Esa dignísima España del camarero, la hostelería y la restauración (no la borbónica, sino la de nuestros Máster Chefs del Universo). De no ser por ellos, ¿dónde estaríamos? Nuestros bares tienen algo de monumento popular, de paredón de la angustia, de suerte. Además, mis mejores amigos dicen de los bares lo mismo que, según Carlos Fisas, opinaba Dalmacio Iglesias, quien hizo un memorable discurso en mitad de cual aseguró que el número de congregaciones religiosas en Madrid era insignificante. Enardecido, encaramado a su tribuna como un activista moderno a una farola de la puerta del Sol, soltó a grito limpio: «En Madrid hay más casas de prostitución y tabernas que conventos», y añadió indignado: «¡Y esto lo he comprobado yo personalmente!».