Los tiempos cambian

Ahí estaban todos. Sonrientes, complacientes y aplicados como los alumnos de una clase de colegio antiguo. Encorbatados y limpios. Prestos a oir a quien, si algún día se sitúa en la cima del poder político, los llevaría a la ruina y posteriormente a la «cheka». El invitado se ha presentado con una camisa blanca remangada hasta los codos. Así, con el mismo desaliño indumentario, se presentó para desayunar en el Ritz mi amigo donostiarra Gabriel Espunza Schiffer. Espunza era elegante hasta pescando chipirones, pero el «maitre» del Ritz no le autorizó el ingreso al comedor: «Lo siento señor, esto es el restaurante del Ritz, no una cancha de tenis». Espunza no se inmutó. Comprendió la norma, subió a su habitación y bajó a desayunar vestido de dulce de membrillo. Hace unos años, el Ritz bajó los brazos. Me lo comentaba con melancolía el Director responsable de la resignación: «Si los diputados van al Congreso vestidos como guarros, ¿qué sentido tiene exigir aquí la corbata?». Tenía razón, pero intenté convencerlo de que no siempre la razón acierta. Puede resultar ridículo para muchos que los dependientes del almacén londinense «Fortnum&Mason», sito en la calle Piccadilly –y a pocas decenas de metros del Ritz de Londres–, sirvan a los clientes vestidos de chaqué. Se estableció la costumbre el día que apareció por el almacén el Rey Eduardo VIII para comprar jamón cocido.No le gustaba el jamón cocido del Palacio de Buckingham. Tampoco le gustaba ser el Rey y le cedió los trastos a su hermano Alberto, que reinó con el nombre de Jorge VI y fue el padre de la actual Reina Isabel II. Si, el tartamudo. Si por casarse con un cuesco mal tirado se renuncia a la Corona británica, uno es capaz de hacer cualquier cosa, como comprar jamón cocido en «Fortnum&Mason». Y a partir de aquel día, todos los empleados visten de chaqué, y la actual Reina ha comprado en el establecimiento y en muchas ocasiones, té de Java y velas de Navidad. ¿Es serio que los empleados de «Fortnum & Mason» estén vestidos de chaqué? No. Pero es imprescindible para mantener su prestigio. ¿Se trata de una tontería? Probablemente sí, pero una tontería grandiosa, como todas las que tienen que ver con la estética.

Oscar Wilde, Chateaubriand y el duque de Osuna fueron dandis extravagantes y absurdos, pero todos ellos fundamentales para crear, desde el talento o la representatividad, mitos invencibles. En el Ritz no puede ser invitado a hablar quien, de tener el poder, convertiría el Ritz en una comuna de desarrapados. Es cuestión de coherencia y criterio.

Pero allí estaban todos. Las grandes empresas representadas, los personajes buganvilleros de la sociedad madrileña, absurdos y trepadores. Y mucha prensa, que eso lo domina el singular Coletas. Habló a la Casta a la que ya pertenece con suave llama, que tampoco era su intención inflamar el salón. Por otra parte, el Coletas pasa por calendas difíciles, de reflexión permanente. Le ha gustado la popularidad, y lo que es más excitante, el dinero. No hay postura social más cómoda y respetada que la del dirigente revolucionario que acude al caviar para denunciar las chabolas. De cualquier manera, por si sufre un vuelco radical en el futuro y retorna a sus raíces, es conveniente recomendar a los tontorrones que asistieron a su charla en el Ritz que se palpen el cuello por si las moscas. Con esta gente, nunca se sabe.