México muere

La RazónLa Razón

Fisgaron con un programa informático sólo al alcance de los gobiernos los teléfonos de los investigadores internacionales que habían viajado a México para investigar la pasión y muerte de los 43 estudiantes de Iguala. Lo cuenta un reportaje del New York Times que ha encabritado los sismógrafos. El bicho, Pegasus, entra en los terminales de la víctima y arrampla con todo. Correos electrónicos, mensajes y archivos. Ni uno sólo de los expertos escapó a su gula. Supieron del espionaje hace un mes, pero antes, mientras deambularon por la tierra de Lázaro Cárdenas y Octavio Paz, ya encontraron toda clase de alambradas. Ni fueron bienvenidos ni se les extendió el permiso de residencia. A cada pregunta formulada le rebotaba un silencio. Un yo que usted mejor no insistía, caballero. Una calumnia en redes sociales. Como resulta tradicional en la prolija historia de la canallada, y de esto los españoles algo sabemos, la punta de miserables tiró del abecé nacionalista. Formidable maquinaria retórica con la que silenciar críticos y travestir cadáveres. Hablo del gobierno y acaso exagero. Qué tal (des)gobierno mexicano. El mismo que pone en pie estos días su baba más orgullosa al tiempo que dialoga la reinvención del Tratado de Libre Comercio con los calzones a media asta. Bajo el mando de unos y otros ha sido incapaz de elaborar un censo fiable con los asesinados de los últimos años. Que pueden ser treinta y cinco mil como cuarenta mil o incluso cincuenta mil. Qué importan los miles. O los nombres. Qué más da la identidad de los tus ciudadanos martirizados, torturados, enterrados en fosas comunes, desaparecidos, huesos sobre huesos bajo el volcán y sin un Lowry que le ponga literatura. También sin Javier Valdez, penúltimo periodista asesinado por el narco: lo acribillaron en Cualiacán, Sinaloa, de doce disparos, arrodillado, después de cerrarle el paso a su coche. Valdez, autor de Narcoperiodismo, corresponsal de La Jornada, fundador y columnista de Ríodoce, había recibido en 2011 el Premio Internacional de Libertad de Prensa. Cuando lo recogió pronunció estas palabras: «He preferido darle rostro y nombre a la víctimas, retratar este panorama triste y desolador, estos pasos agigantados de tomar atajos hacia el Apocalipsis, en lugar de contar los muertos y reducirlos a números». Y también: «he contado la tragedia que vive México y que debe avergonzarnos. La niñez recordará esto como un tiempo de guerra; tiene su ADN tatuado de balas y fusiles y sangre, y esta es una forma de asesinar el mañana. Somos homicidas de nuestro propio futuro». En México ya no hay números. No digamos rostros. A este paso, tampoco periodistas para jugarse el cuero. Apenas un narcoestado. Un Estado en quiebra. Terminal. Tumefacto. Enroscado desde hace siglos en el vórtice de un agujero negro. Del genocidio perpetrado por los aztecas, mil y una veces negado, al holocausto actual median 500 años de taponar responsabilidades, falsear la historia y masacrar ciudadanos. Mi México lindo y querido, mi amado país de Chavela y Frida, de José Alfredo y El Indio Fernandez, agoniza y nadie paga. Vergüenza.