Muerte lenta

La Razón
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Como elefantes en Dumbo un segundo después de que el cachorro arremeta contra los paquidermos. Así ha sido, aproximadamente, la catástrofe republicana a cuenta de la reforma sanitaria. Un empeño presidencial que fue mascarón de proa durante las elecciones, cuando vendieron la reforma sanitaria de Obama como un trasunto del socialismo o muerte habanero. No pudo ser. Ni siquiera el almuerzo in extremis de Trump con los senadores díscolos desatascó el entuerto. El plan alternativo, o llega demasiado lejos o se queda corto. Para los republicanos moderados la apuesta era suicida, ahora que tienen que jugarse el sillón con un electorado temeroso de perder el seguro. En cambio, para los campeones del Tea Party, estábamos ante el enésimo pillaje del contribuyente; todo lo que no sea sanidad privada al 100%, ni enjuagues ni caridad ni leches, es y será veneno. Con el horizonte electoral de 2018 emitiendo suaves calambres en algunos de los caladeros esenciales para el control de las cámaras, fueron incapaces de encontrar un espacio común. El planchazo pasará a los libros de Historia. De nada sirve que el presidente augure la muerte por asfixia del Obamacare. Aunque hiciera buena la baladronada, por mucho que estrangulara el sistema a base de cortar fondos, se trataría de una victoria triste. Sin alternativas viables y, peor todavía, sin la publicidad que antecede cualquier iniciativa de esta Casa Blanca. Trump necesita sus cámaras, sus focos y palmeros, su firma en portada, sus clarines. Todo lo que no fuera sacar pecho desde el Despacho Oval abanicándose el blondo flequillo con un Trumpcare, no vale. Casi mejor, puestos a elegir, una derrota épica: si hay que estrellarse que al menos revienten los sismógrafos. Lo natural cuando prima el gesto sobre la sustancia y el titular frente a la letra menuda del prospecto. Metido en su laberinto de promesas incumplidas (no alcanza a rematar una), Trump posaba ayer con el gesto entre aburrido y displicente del cocodrilo que contempla a la cebra que escapa, seguro de que antes de alcanzar la orilla recibirá su merecido. Dicen sus mariachis que tranquilos, que este revés no le inquieta en absoluto, pero desde los cubiles de los sociólogos ya alertan de un posible descalabro electoral. Ni despeñamos la OTAN ni barremos el Obamacare ni levantamos el muro frente a México ni logramos prohibir la entrada de medio mundo. Vale que el resto del país, de los taimados demócratas a la infame canallesca, trabaja contra el líder y su visionario proyecto, pero incluso la coartada de las conspiraciones, que tanto une, acabará por perder brillo. No hay rock and roll que cien años dure si cada miembro de la banda toca a su aire y el presidente canta boleros berlusconianos mientras los senadores atacan un multicolor popurri entre Heynes y Hayek. Dicen en el «New York Times» que siempre les quedará el recurso de bajar los impuestos, ese París deBogart que casi siempre acaba por frustrarse. Nadie duda de que Trump encontrará en el fondo de la chistera un conejo más gordo con el que distraernos, pero el show agoniza y el público principia a silbar.